Las groserías universalizan el español

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Nueva York.- Para cualquier colombiano en el exterior que vea las recientes series de Netflix, como ‘Amar y vivir’, o lea en las redes sociales palabras y expresiones consideradas vulgares, por ejemplo: ‘hijueputa’, ‘malparido’, ‘marica’, ‘maricada’, ‘güevón’, “güevonada', ‘perro’, ‘la cagó’, ‘mierda’, ‘a lo bien’, ‘pirobo’, o ‘¿se embobó? lo conectan de inmediato con sus códigos culturales. Estos se comparten dentro de una comunidad lingüística particular. Cabe anotar que la mayoría de estas palabras están en el Diccionario de colombianismos del Instituto Caro y Cuervo y algunas aparecen en el Diccionario de la lengua española como entradas de palabras relacionadas, como en el caso de ‘huevón’ y ‘huevonada’.

Para un mexicano en los Estados Unidos o en cualquier parte del mundo el verbo chingar, en sus conjugaciones en distintos tiempos verbales, el presente subjuntivo y el imperativo, por ejemplo: ‘nos chingaron’, ‘espero que no me chingues’, ‘no me chingues’, y las formas variadas y expresiones como chingón, chingoncito, chingadera, chingada, hijo de la chingada, repican en los oídos como ‘Las mañanitas’. A un colombiano estas palabras no le mueven la aguja, pero sí entiende el verbo tirar, culear o pichar (Diccionario de colombianismos). Un argentino entiende lo que significa coger.

Muchos españoles saben que decir ‘estar o ser de puta o putísima madre’ en un contexto familiar e íntimo es aceptable, pero en una reunión oficial de la Real Academia Española afirmar que la edición en línea del Diccionario panhispánico del español jurídico ‘quedó de puta madre’, para indicar que es excelente, sería un escándalo.

Sin embargo, muchas de las nuevas series de Netflix que van dirigidas al público hispanoamericano e hispanounidense han universalizado en castellano aquellas palabras que antes eran consideradas vulgares y pertenecían más al ámbito del hablante y a los espacios privados que a la lengua escrita. Ahora no es sorprendente encontrar a menudo en los medios de comunicación escritos numerosas palabras que eran como las ovejas negras del diccionario. Para un vasto público de nuevos consumidores del español en todo el mundo este es un fascinante e insólito proceso de estandarización de la lengua, pero no a través de la lengua ‘culta’ sino por medio de la vulgarización, es decir, hacer vulgar o común. Al fin y al cabo la lengua no la impone la academia ni los diccionarios, sino el uso ordinario y cotidiano por parte del hablante. Los poetas y los escritores solo registran estos usos y los hacen cultos para fijar la lengua.

En la literatura latinoamericana la palabra ‘mierda’ en las páginas de Gabriel García Márquez o ‘chingar’ en la poesía de Octavio Paz y los ensayos de Carlos Fuentes hacen parte de la estética y se justifican por las voces de los personajes y el narrador. Los pobres de la tierra de Juan Rulfo no dicen groserías así sufran como un hijueputa. Los malevos de Jorge Luis Borges hablan lunfardo y se matan a cuchillo. Sería impensable que Emma Zunz dijera: “Maté a Aarón Loewenthal por ser un pelotudo”. Borges era muy elegante para caer en la ramplonería.

Las palabras afirman nuestra identidad, nos reconocemos en ellas y aprendemos a amarlas, repugnarlas y olvidarlas. Son esponjas contradictorias de significados y significantes con cadenciosos sonidos, como en la poesía.

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