Las hijas favoritas

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Nacer es la primera condena de muchas niñas indígenas. Los militares son eslabones de una cadena de responsabilidades públicas y privadas: el cuerpo de las niñas indígenas es usado como marca territorial por combatientes legales e ilegales. Pero el ultraje es una impronta cultural desde el arrullo…

Trece años, descendiente de los Tana, casta de mamos del pueblo arhuaco de la Sierra Nevada. Su nombre es una bendición: “La que hace vida”, servidora de Nawowa, madre de la vida en la cosmogonía arhuaca. Su tía lo explica: “Es una hija favorita de Nawowa, todas las arhuacas somos hijas favoritas”.

Sin embargo, “La que hace vida” no quiere vivir. En una Comisaría de Familia, su madre declaró: “En alguna oportunidad me había manifestado algo como que el padrastro* intentó pasarle las manos por las partes íntimas”. En un archivador de la Fiscalía de Pueblo Bello, Cesar, reposa una denuncia por “presunto acto sexual y/o acceso carnal abusivo en menor de 14 años”. (¡La clasificación de “acceso carnal abusivo” en violaciones a indígenas es en sí una definición violenta de la violencia!).

El artículo 246 de la Constitución duerme el sueño de los injustos.

“La niña ha intentado suicidarse dos veces”, dice la tía materna, quien cuida de sus sobrinas de 13 y 14 años. Ella calcula que, desde los ocho años, la menor ha sido violentada sexualmente. Esta mujer soltera, economista de la Universidad Popular del Cesar, busca apartarlas del destino predeterminado por su sangre; mientras teje una mochila, en su hogar en Valledupar, me expresa su temor a que regresen a las hermanas cerca del verdugo.

Él también es indígena, ¿y la justicia ancestral? “A mis 30 años no he visto un caso de abuso a mujeres que se haya resuelto de manera justa en la justicia indígena arhuaca: hay casos en que obligan a las abusadas a casarse con el abusador, las juzgan por haber provocado su abuso. O, si mucho, ponen a la abusada a hacer un trabajo tradicional y con eso queda saneado”, señala la tía.

El informe Tiempos de vida y muerte (2019), del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) y la Organización Nacional Indígena de Colombia, detalla profundas alteraciones provocadas por el conflicto: “La tasa de suicidios en la población general colombiana es de 4,4 por cada 100.000 habitantes, mientras que en los indígenas es de 500 por cada 100.000 habitantes […] suele presentarse con mayor intensidad entre jóvenes, niños y niñas” en Chocó y Vaupés.

No obstante, una vez más: los agresores no son solo los “bunachi”.

La guerra inscrita en el cuerpo (2017), otra de las investigaciones del CNMH, describe el carácter ambiguo del jaibanismo (embera): “Algunas mujeres indicaron que si denuncian casos de violencia sexual en su comunidad (especialmente cuando el agresor es indígena) son amenazadas con castigos o hechizos de los jaibanás […] También existe la creencia de que el agresor puede buscar a un jaibaná para hacer daño a la mujer (y su familia) que lo acuse”.

Soy consciente de la perspectiva occidental de mis palabras: las favoritas de la madre Nawowa nunca lo son de ninguna justicia humana.

* Omito nombres del criminal y la tía para proteger la dignidad de la niña.

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