Por: Saúl Franco

Las ironías de la muerte

Hablamos con frecuencia de las ironías de la vida. Pero poco captamos y casi nunca nos referimos a las ironías de la muerte, que también son frecuentes. Inclusive, a veces parece que la muerte se burlara de la vida. Comento dos de los hechos que me han llevado a esta reflexión.

El primero sucedió el pasado 14 de este mes en Medellín. Mientras miles de personas celebraban en un parque el festival denominado “Instinto de vida”, con el lema: “Nada justifica un homicidio”, un joven de aproximadamente 23 años fue asesinado en pleno festival. La víctima era perseguida por otros cinco jóvenes por motivos que aún desconozco, e intentó en vano refugiarse en el evento. Quienes lo perseguían lo alcanzaron. Ante el desconcierto y el pánico de los asistentes, lo apuñalearon hasta dejarlo moribundo y huyeron. Minutos después falleció en una clínica cercana. El evento continuó.

El otro fue a mediados de 1990. Invitado a su congreso por la organización internacional “Médicos para la prevención de la guerra nuclear” (que debería reactivarse ahora ante las riesgosas provocaciones de Donald Trump y Kim Jong-un), asistí a un evento previo en Bilbao, España. Consistía en sembrar “el árbol de la vida” en “el parque de la paz”. Estaban presentes las autoridades locales, los niños de las escuelas, agrupaciones musicales y muchos habitantes del lugar. Al momento en que una grúa izaba “el árbol de la vida” para sembrarlo, su brazo hizo contacto con unos cables de alta tensión. La fuerte descarga eléctrica lanzó a varios metros de distancia a los tres obreros que trataban de dirigir el árbol con unas cuerdas metálicas. Uno de ellos, que murió poco después, cayó a mis pies. Los niños aplaudieron, pensando que se trataba de una escena del espectáculo. Pero al evidenciarse la tragedia, fueron retirados del lugar en medio del desconcierto y la tristeza. El coordinador del evento, un diputado del Partido Socialista Obrero Español, se desmayó al instante. El congreso fue reprogramado y al día siguiente, en lugar de dictar mi conferencia sobre la violencia en América Latina, asistí con los demás colegas al sepelio del obrero cerca a la histórica Guernica.

Jamás debería presentarse un asesinato en un acto colectivo contra el homicidio. Pero creo que todos/as podemos contar alguna historia de accidentes mortales en eventos animados por la vida. Son parte de las ironías de la muerte, violenta o accidental.

Medellín, agobiada durante años por tasas altísimas de homicidio, en especial entre sus hombres jóvenes y pobres, venía disfrutando de una progresiva mejoría. Pero como este año las cosas no iban bien —hasta mitad de octubre ya se registraban en la ciudad 433 homicidios— se están volviendo a impulsar actividades pedagógicas, de reafirmación del valor de la vida y en contra de los homicidios. Y justo en medio de una de ellas, la violencia urbana —bien sea sociopolítica, de organizaciones criminales ligadas al tráfico de drogas o de armas, o de bandas enfrentadas por el control territorial y el cobro de extorsiones— irrumpe mortalmente, desafiando a la multitud pacifista, generando más miedo e incertidumbre, y poniendo en tela de juicio las posibilidades reales de avanzar en la construcción de una sociedad en paz.

El carácter accidental del evento del País Vasco atenúa un poco el dolor, pero no disminuye la perplejidad generada por la ironía de morir al plantar “el árbol de la vida” en “el parque de la paz”. Y en ambos casos se confirma lo que escribí en diciembre del año pasado al comentar el trágico accidente aéreo en el que murieron los integrantes y directivos del equipo brasilero de fútbol Chapecoense: que la muerte está viva en cada esquina. Hoy agregaría: hasta en las esquinas asignadas a la vida. 

Las frecuentes ironías de la muerte nos colocan inevitablemente ante su inminencia. Pero, paradójicamente, nos deben llevar a querer y cuidar más la vida cada día.

* Médico social.

 

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