Por: Gustavo Páez Escobar

Las jornadas de Yagarí

Conocí a Luis Yagarí en Armenia, en 1969, y cinco años después nos encontramos en Manizales, donde él era columnista estrella del diario La Patria, al que estaría vinculado durante más de 50 años. Como alumno de Luis Tejada, Yagarí siguió sus pasos con maravilloso estilo.

A sus trabajos los llamaba jornadas. Cada jornada era para él una travesía ardua, sufrida, meticulosa, donde no ahorraba esfuerzos en la pesquisa informativa y en la factura del tema. Con ese rigor, escribió crónicas geniales, donde campeaban la gracia, la amenidad, la fina ironía, la agilidad mental. Y solía sazonarlas con gotas de humor y altas dosis de sabiduría.

En 1975, escribí El tabaco de Yagarí, donde dibujo su singular personalidad. Este texto vino a conocerlo su hijo Gonzalo, 36 años después, y dio lugar al siguiente mensaje que me remitió desde Pereira: “Me impresionó el retrato de cuerpo y de espíritu que usted logró, con su pluma, de mi padre”.

El tabaco era signo esencial de su carácter. Con él aireaba su estampa gallarda y se daba visos de preeminencia. Era, además, fuente de estímulo e inspiración. Estas son palabras suyas: “Es mi unidad de medida. Las crónicas las mido por chupadas. Creo que el equilibrio lo guardo en el tabaco, como los perros en la cola”.

Su ilustración obedecía a sus intensas lecturas y a su contacto con altas figuras de las letras, como Silvio Villegas y Aquilino Villegas. Como periodista, no perdía ocasión para acercarse a los líderes nacionales, lo mismo que a escritores, poetas e intelectuales.

De él dijo Hernando Giraldo, el brillante columnista de El Espectador: “Luis Yagarí es una de las cimas que mayor visibilidad conservan a lo largo y ancho del país”. Y Fernando Londoño y Londoño: “En este libro (se refiere a Jornadas) que las gentes creen que es un libro de humor, hay historia, hay filosofía, política, hay poesía y hay un poquitín de humor”.

También actuó en la vida pública. Presidió la Asamblea de Caldas y la Cámara de Representantes. Estuvo en el servicio exterior y fue directivo de su partido. En 1925 se desempeñó como intendente del Chamí, región indígena que pertenecía a Caldas. De allí sacó el apellido Yagarí, que en dialecto chocoano quiere decir flechero. Con esa adquisición, no cesaba de disparar sus flechazos certeros.

Nació en Pereira el 27 de marzo de 1903, se casó en Calarcá el 27 de julio de 1925, y murió en Manizales el 18 de mayo de 1985. Por lo tanto, echó raíces en todo el territorio conocido hoy como el Eje Cafetero. Su nombre de pila es Gonzalo Uribe Mejía. Apelativo que perdió para convertirse en Luis Yagarí, personaje que pasó a la historia. El indígena “murió de soledad y tristeza —dijo—. Cuando me contaron su muerte escribí una crónica titulada Yo maté a Luis Yagarí”.

He vuelto a encontrarme con el cronista estrella a través de la gratísima relectura de su libro Jornadas (1974). Densas capas de olvido han caído sobre su nombre. Ya pocos saben quién fue Luis Yagarí. Ojalá alguna entidad se encargue de recuperar su obra. Vale la pena volver sobre el pasado memorable que enalteció con su inteligencia este hijo ilustre de la comarca cafetera.  

escritor@gustavopaezescobar.com

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