Por: Juan Gabriel Vásquez

Las librerías de Jorge Carrión

Hace tres años (pero pueden ser dos y pueden también ser cuatro), el escritor Jorge Carrión me preguntó por las librerías imprescindibles de Colombia.

Le hablé de un puñado de lugares de dos o tres ciudades, pero la conversación derivó a la Librería Mundo de Barranquilla, donde a mediados del siglo pasado se reunía famosamente un grupo de jóvenes para hablar paja bajo la mirada escéptica de un exiliado: don Ramón Vinyes. Le hablé a Carrión del Grupo de Barranquilla, de García Márquez y Cepeda Samudio, de las páginas de Cien años de soledad donde la librería del sabio catalán ha quedado para siempre como escenario de las últimas amistades de Aureliano Buendía. No le dije, en cambio, que la librería había desaparecido, simplemente porque esa posibilidad no se me pasó nunca por la cabeza. Tampoco le pregunté para qué necesitaba los datos: sabía que Carrión llevaba ya varios años recorriendo el mundo entero y, como parte de ese mundo real, ese mundo paralelo o dimensión desconocida que son las librerías. Pues bien, ahora Jorge Carrión acaba de publicar el resultado de esos viajes: un volumen cuyo título declarativo, Librerías, apenas permite intuir las maravillas sin cuento que el lector se encuentra en sus páginas.

Librerías es un relato de viajes de un viajero lúcido y curioso, un anecdotario delicioso sobre el universo de los libreros, una serie discontinua de agudos ensayos sobre libros imprescindibles, una memoria de lector vicioso o enviciado y una historia, tan erudita como personal, de esos espacios que a tantos nos han cambiado la vida. En el libro de Carrión, las librerías son lugares de recogimiento (algunas de ellas ocupan el espacio que antes ocupaba una iglesia), pero también actoras de la política: en ellas se hacen revoluciones o se enfrenta a la censura o se resiste a las dictaduras. Las librerías son lugares donde se producen encuentros que cambian el mundo: Joyce consigue editor para el Ulises o Stalin se topa con los textos de Marx. En las librerías alemanas, Mein Kampf se convirtió en un best-seller, y Carrión nos cuenta que Hitler llegó, gracias a eso, a sentirse escritor: a partir de 1925, fue éste el oficio que puso en la casilla de su declaración de renta.

Carrión escribe con la conciencia dolorosa de hablar de un mundo en recesión, por no decir algo menos optimista. Librerías es, también, la constancia de defunción de muchas de ellas, de la Gotham de Nueva York a la Robafaves de Mataró, de la Mundo de Barranquilla a la Catalònia de Barcelona (en cuyo espacio, como una metáfora de mala novela, ahora hay un McDonald’s). En el libro coinciden la melancolía inevitable ante la desaparición de una manera de entender la cultura y la excitación de los nuevos medios y las nuevas posibilidades que ellos otorgan a los nuevos lectores; Carrión se las arregla para lamentar la transformación sin ceder a la queja apocalíptica, pues también él lee en su tableta, también él compra en Amazon y también su bibliografía está trufada de fuentes que comienzan con una triple w. Más allá de todo eso, Librerías es una declaración de gratitud: al librero, a su espacio y a lo que en ese espacio puede suceder. Yo llevaba mucho tiempo esperando que se escribiera en mi lengua un libro como éste. La espera, puedo decirlo, ha valido la pena.

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