Por: Cartas de los lectores

Las luchas por el reconocimiento

Veinte años después de su aprobación, en los próximos días la Corte Constitucional decidirá si las parejas del mismo sexo pueden o no contraer matrimonio, debido a la restricción establecida en el artículo 113 del Código Civil. El debate, aunque es en principio jurídico, alude también al tipo de sociedad que somos y que queremos ser.

 

En efecto, independientemente de la decisión que tome la Corte Constitucional, las parejas del mismo sexo seguirán conviviendo, estableciéndose como familias y separándose, como otras familias. Así que el problema no es sólo que la restricción es parte del ordenamiento jurídico, sino cuáles son las razones que justifican que todavía permanezca. Esta pregunta es relevante, no sólo porque supone que el Derecho refleja en cierta forma a sus sociedades, sino que señala el horizonte del debate al tocar la médula de una de las promesas fuertes de la democracia constitucional del 91: la promesa de la autenticidad. Justamente, la Constitución de 1991 al establecer como pilares del nuevo orden la dignidad, el pluralismo y el libre desarrollo de la personalidad, consagró la promesa de que cada uno de nosotros podríamos, en tanto no afectáramos a los demás —desproporcionadamente—, ser como eligiéramos ser.

Por esa razón, las cargas de la argumentación en el debate no las deben asumir quienes defienden esta promesa de autenticidad y su contenido, sino quienes consideran constitucional la permanencia de la restricción del matrimonio para las parejas del mismo sexo. Así por ejemplo, quienes defienden la prohibición deben explicar por qué razón es un argumento válido sugerir que el matrimonio entre dos personas del mismo sexo es inconstitucional porque uno de los fines de esta unión es la procreación. ¿No llevamos 20 años —o más— defendiendo la igualdad entre los sexos en todas sus manifestaciones? ¿Y no es este un fin y una promesa constitucional? Ahora bien, la defensa de la prohibición sobre la base de la procreación, ¿no afecta la libertad de elección de la mujer y no subyace a ésta un prejuicio respecto del papel de la mujer en la sociedad?

La promesa constitucional de la autenticidad alude entonces a la reconstrucción de la identidad, para mostrar cómo ésta, no sólo se corresponde con el ideal de la cultura democrática en sus inicios, sino que también ilumina un contexto en el que el reconocimiento igualitario de las identidades se relaciona con formas del sentimiento que tienen expresiones en las personas.

Deiro Martínez. Bogotá.

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