Nace plataforma para seguir el pulso al asesinato de líderes sociales y el futuro de excombatientes

hace 28 mins
Por: Reinaldo Spitaletta

Las marchas que faltan

LA PATRIA, ESE CONCEPTO ENVILEcido por gamonales y demagogos, es, como lo dijera un latino, la casa, el hogar. O a lo poeta: la infancia. O a lo urbanista sensible: la patria es la calle en que crecimos. O el barrio. Sé que un secuestrado no tiene patria, le horadan su dignidad, es más triste que un esclavo. Habita en la oscuridad y el desamparo.

Justo y necesario gritar contra el secuestro y reclamar libertad. Pueden ser los primeros pasos para adquirir conciencia civil, para armarse con un bagaje que permita luchar por los derechos, por la dignidad y contra cualquier colonialismo. Contra las imposiciones y el pensamiento único. Contra la falta de respeto por el adversario ideológico. No sé si las marchas, que a veces dan la impresión de propaganda oficial, de camuflaje de intereses privados, estén abriendo un camino hacia la protesta por asuntos también fundamentales.

De ser así, estaríamos rompiendo con esa resignada tendencia de aceptar todos los males, de ser irreflexivos ante el poder, de ser el permanente “rebaño desconcertado”. ¿Acaso las marchas del 20 de julio serán el comienzo de una sociedad plural, capaz de indignarse contra todos los atropellos?, ¿serán acaso el principio de la aplicación de la razón? ¿O tal vez son más una respuesta visceral a una convocatoria mediática? Es posible también que se reduzca a las palabras de un figurín de farándula que cree que libertad de expresión es poder decir “la chimba e hijueputa”.

Esperemos que sea el principio de una transformación mental, que trascienda la telenovelería y la “cultura” del espectáculo para erigirse en una expresión de exigencias, de reflexiones, y no se quede entonces en el consumo de camisetas y banderines, en la promoción de discos y discursos oficiales. En la masificación. En la adulación del príncipe.

Porque ahora hacen falta marchas contra las iniquidades e injusticias. Cómo no empezar a convocar manifestaciones contra la inseguridad alimentaria. Cómo callarse ante el horror que produce un país en donde hay niños que mueren de hambre, tanto que hasta en los noticiarios tienen que mostrar tal calamidad. Cómo no empezar a marchar contra el progresivo exterminio de sindicalistas, que ha convertido a Colombia en un país de intolerancia y exclusión.

Va siendo hora de programar las marchas para que a los cuatro millones de desplazados les devuelvan sus parcelas, les restituyan su patria, les curen los males del desarraigo; para que puedan volver a tener conciencia de su territorio y de la cultura que les despojaron. Es hora de preparar las repulsas para que haya una salida política y negociada al conflicto interno armado, que azota al país desde hace más de cuatro décadas, y para que se ataquen las causas de éste, como son, entre otras, la injusticia social y otras miserias.

Colombia, la de la crisis humanitaria; Colombia, la de mayoría de pobres e indigentes; Colombia, la que tiene el récord en el continente de violación de derechos humanos y es segunda en el mundo en desplazamiento forzado interno, tiene que ir organizando las demostraciones contra tales desafueros y desgracias. Parece que llega la hora de reclamar para que a los obreros no se les violen sus convenciones colectivas, para que se les respete su dignidad (recordar casos como el de Coltejer).

El ejemplo de las marchas contra el secuestro debe extenderse a las exigencias para que haya empleo y educación y salud para todos. Para que los niños puedan crecer en un país libre, que les garantice el derecho a la imaginación y al pan. Y a tener una infancia —una patria— sin desventuras. Comencemos a desobedecer.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta