Por: Catalina Uribe Rincón

Las mentiras de los políticos

En el 2016, WikiLeaks reveló que Hillary Clinton afirmaba cosas con las que realmente no estaba de acuerdo. Según el cable, la candidata demócrata era mucho más cercana a Wall Street de lo que admitía. A pesar de promover públicamente reformas y controles para el mundo financiero, en privado comentaba que era exagerado acusar a la banca de inversión de la crisis del 2008. Otro cable demostró que la candidata aceptaba que se sentía completamente distante de la clase media a pesar de que se presentaba como una más del montón. Clinton afirmó que como política era necesario hacer un balance entre sus convicciones y su retórica pública. En otras palabras, Clinton admitió que mintió.

Este es el tipo de mentira más común en los políticos. Se trata de una suerte de maquillaje del espíritu que poco engaña a los votantes, pero que les hace más fácil asimilar los defectos de su candidato y poderse comprometer con una persona pública atractiva y coherente. Y esa persona pública es importante para defender a los políticos “en el pasillo” o “en la sala”. Pues he ahí un dato curioso de nuestro voto: no sólo queremos apostarle al candidato correcto, sino que queremos convencer a los otros de que ese es el correcto. Es como si creyéramos que los miedos que tenemos sobre nuestros candidatos se desvanecerán entre más logremos persuadir a los demás de que no existen. Pero, así como Wall Street estaba parado al lado de Hillary, Vargas Lleras está parado al lado de Galán, las iglesias cristianas al lado de Miguel Uribe, la ambigüedad del metro al lado de Claudia, y las denuncias de maltrato y sexismo al lado de Morris. Ahí todos veremos qué fantasma nos parece el menos grave, pero que “los hay, los hay”, y que “los vemos, los vemos”.

Luego, hay una suerte de mentiras que no deberían estar en esta lista porque no son propias de políticos sino de niños de colegio. Se trata de las mentiras sosas e innecesarias. Esas mentiras que no tienen razón de ser y que nadie entiende por qué un político arriesga su credibilidad aferrándose a ellas. Pensemos en el presidente Duque tratando de justificar las fotos que presentó en la ONU. ¿Qué ganaba con esa excusa adolescente del “contexto”? O en Delcy Rodríguez, la vicepresidenta venezolana, dando coordenadas falsas sobre supuestos campamentos terroristas para agredir a Venezuela. ¿Uno cómo da una coordenada de lo que no existe cuando el cielo está cubierto de radares?

Finalmente están las más graves, las que más hacen daño. Estas son las mentiras no que maquillan, sino que hacen pasar por real algo que es falso y difícil de ver. Es decir, mentiras que no vemos y que rompen de fondo el entramado más básico de confianza que nos une. Esta es la típica del político que se hace tirano quedándose en el poder. La de Chávez y de Evo Morales, y la de Martín Vizcarra disolviendo el Congreso. Nada bueno puede resultar de clausurar uno de los poderes. Hace poco vivimos una mentira que además retuerce nuestra humanidad: la del candidato de Potosí (Nariño) que fingió su propio secuestro. ¿Qué tan opaca será su alma? Con los intereses se negocia. Lo que debemos es tratar de adivinar quién está dispuesto a negociar no con intereses, sino con el diablo.

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2019-10-05T00:00:20-05:00

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2019-10-05T00:15:01-05:00

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