Por: Juan Manuel Ospina

Las mentiras de nuestras democracias

En la decisión del Consejo Nacional Electoral sobre el financiamiento irregular, por decir lo menos, de las dos campañas que llegaron a la segunda vuelta hace tres años, en la lógica y el espíritu de la norma, tanto a Santos-Vargas Lleras como a Zuluaga se les debe dar el mismo tratamiento, por estar ambas campañas acusadas de hacer lo mismo y en la misma elección.

Definitivamente, para empezar a limpiar la basura y la corrupción que está matando el espíritu de la democracia, se necesita sacar las chequeras de las elecciones porque hoy, como dijo Bernie Sanders en su campaña presidencial, lo que cuenta no es el número de los votos, de los ciudadanos, sino el tamaño de la cifra del cheque del aporte; tal vez sea más preciso decir, de la compra del candidato financiado. Razón tiene el senador Robledo cuando dice que con el actual sistema electoral y en especial de financiación de las campañas, está asegurada la reelección no de los mejores sino de los más financiados, que no suelen ser los mejores sino los que supieron venderse mejor a interesados patrocinadores.

La financiación pública —que no estatal de las campañas— debe ser pieza fundamental de la profunda reingeniería —en contenido y procedimientos— que reclama nuestra maltrecha organización del quehacer político y de su financiación, que no es solo de las elecciones. Ojalá sea un tema central de la campaña que se inicia, partiendo de lo acordado en La Habana, para aplicarlo y, sin duda, mejorarlo. Una reforma no cosmética, sino una que le meta el diente al corazón de la política a partir de reinterpretar el creciente papel de las voces comunitarias en el quehacer de la vida de la sociedad, y el aporte de los territorios con sus problemas y posibilidades, con sus gentes y su historia.

Una política de la gente (empezando por su financiación) y con la gente que no puede seguir siendo espectadora pasiva de su vida, a la cual se le ofrece, se le promete, sino con la cual se construye; es decir, una política de la gente. Supone tender puentes, realinderar espacios de acción y de responsabilidad, entre la democracia representativa tradicional, que suele alejarse de la gente, y las formas de democracia directa, más propia de escenarios de ámbito territorial y aun comunitario, componente central de las democracias europeas y  norteamericana, que entre nosotros existió y que ahora  necesita renacer renovado.

P.S. Hablando de estos asuntos es imposible no pensar en el drama venezolano, independientemente del diagnóstico que de él se tenga. Venezuela sufre material, política y socialmente y sabe que lo actual es insostenible y terriblemente destructivo. Estados Unidos, en medio de todo, aún le compra petróleo a Venezuela, el aire que le da un respiro. Ni Trump piensa en una intervención armada; la perspectiva de las armas  está presente en el análisis del chavismo. Una gran incógnita es sobre qué piensan chinos y rusos en su estrategia de ocupar espacios en el viejo patio trasero norteamericano. Igualmente, los cubanos, que lo saben insostenible y que los afecta directamente, en lo político, económico y de relaciones internacionales.

La oposición interna se crece y a pesar de sus profundas diferencias ideológicas y políticas, hoy los une la torpeza de Maduro, que acabó por fortalecerlos. El chavismo pensante está en una disyuntiva de cuya resolución depende en buena medida la salida de la crisis, por su incidencia en la estructura del poder civil y militar y entre sectores sociales, especialmente los medios. La votación del domingo pasado augura nuevos amaneceres para el país hermano como ninguno. Espero no equivocarme.

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