Por: Christopher Hitchens

Las mentiras de Tuzla

EL VAPULEO QUE LE INFLIGIERON a la senadora Hillary Clinton por su flagrante, histérica, repetitiva, patológica mentira en relación con su visita a Bosnia debería ser mucho más duro de lo que fue, pues hubo algo más que una simple mentira. Hay dos clases de engaños deliberados y premeditados, comúnmente conocidos como suggestio falsi y suppressio veri.

El primero involucra lo que parece más obvio en el caso presente: formular un relato de acontecimientos falso o engañoso. Pero el segundo, y quizás más serio, significa que el mentiroso en cuestión también ha intentado ocultar alguna  verdad. Examinemos cómo la senadora Clinton se las ha arreglado para cometer transgresiones a la verdad y a la decencia y cómo al hacerlo ha competido, si no superado, al inhabilitado para el ejercicio de la abogacía y perjuro, su marido y tutor, Bill Clinton.

Recuerdo haber llegado al aeropuerto de Sarajevo en el verano de 1992 luego de un vuelo agonizante en un avión de asistencia de las Naciones Unidas que tuvo que maniobrar para evitar el fuego de la artillería antiaérea serbia. Mientras me encorvaba para cubrir la distancia hasta el terminal, cayó cerca mío un proyectil de mortero. El terrible sonido que hizo todavía lo recuerdo. Y también el shock que sentí al ver a una civilizada y multicultural ciudad europea bombardeada de manera constante por una milicia étnica y religiosa comandada por bárbaros fascistas.   

Incluso en aquel momento, no me gustaba la candidatura de Clinton, pero tengo que decir que muchos bosnios estaban ilusionados con la promesa de Bill Clinton, durante aquel horroroso verano, de abandonar la hipócrita y sórdida neutralidad del régimen de George H.W. Bush y de James Baker y de salir en defensa de las víctimas de la limpieza étnica.

Recuerdo estas dos cosas por una razón. Primero, puedo decir con absoluta certeza que sería imposible imaginar que uno sufrió aquella experiencia en el aeropuerto si realmente no hubiera ocurrido. Aún así, la senadora Clinton, frente a los repetidos intentos  de modificar su absurda declaración de haber estado actuando bajo fuego enemigo mientras era acompañada por su hija que entonces tenía 16 años de edad y por una tropa de artistas del espectáculo, mantuvo su cara de piedra y su insistencia de que sí, se había expuesto al fuego de francotiradores, con el propósito de ganar crédito moral y, tal vez, para demostrar su “experiencia” en materia de seguridad nacional.

Esto significa o bien que ella miente sin conciencia ni reflexión; o que ella está sujeta a fantasías sobre un pasado ilusorio; o  las dos cosas. Cualquiera de los puntos anteriores constituiría una descalificación para la Presidencia de los Estados Unidos. Pero esto es apenas para subrayar la versión (real) de  YouTube (http://www.youtube.com/watch?v=It6JN7ALF7Y), y los fariseos o estúpidos intentos del director de comunicaciones de la campaña Clinton, Howard Wolfson, para cambiar aspectos de la historia.

Pero aquí está el aspecto histórico —más que personal— al que habría que estar atento. Tomen nota de la fecha de la visita a Tuzla de la senadora Clinton. Marzo de 1996. Para esa época, la fase crítica y trágica de la guerra en Bosnia estaba  terminada, como lo estaba la mayor parte de la primera presidencia de su esposo. ¿Qué había pasado en el interín? En particular, ¿qué había pasado con la promesa de 1992, cuatro años antes, de que la administración Clinton se opondría al genocidio en Bosnia?   

El presidente Bill Clinton no consideró conveniente mantener su promesa. Basta citar el admirable libro de Sally Bedell Smith sobre la feliz pareja, For Love of Politics:  “Aceptando el consejo de Al Gore y del asesor de seguridad nacional Tony Lake, Bill estuvo de acuerdo con la propuesta de bombardear las posiciones militares serbias mientras ayudaban a los musulmanes a conseguir armas para defenderse... una promesa que formuló durante la campaña de 1992. Pero en vez de presionar a los líderes europeos (Clinton) ordenó al secretario de Estado Warren Christopher que simplemente los consultara. Cuando se resistieron al plan, Bill se retiró rápidamente, creando una ‘sensación de que todo iba a la deriva’. El factor clave en la inversión de la política de Bill fue Hillary. Se dijo que ella tenía ‘profundos recelos’ y que veía la situación como ‘un Vietnam que comprometería la reforma de cuidado de la salud’.”

Los Estados Unidos “no tomaron ninguna otra acción en Bosnia, y la ‘limpieza étnica’ de los serbios continuaría cuatro años más, resultando en las muertes de más de 250.000 personas”.

Soy testigo personal de esto. Puedo recordar, primero, a uno de los asesores personales más cercanos de Clinton —Sidney Blumenthal— refiriéndose con ácido desprecio a Warren Christopher como “una mezcla de Poncious Pilato con Ichabod Crane”.    Puedo recordar, también, una reunión con el entonces secretario de Defensa de Clinton, Les Aspin, en la Embajada británica. Cuando  lo encaré por haber traicionado a los serbios, me llevó a un costado y me dijo que le había pedido permiso a la Casa Blanca para hacer aterrizar su avión en el aeropuerto de Sarajevo, aunque solamente fuera como un gesto de reaseguramiento de que los Estados Unidos no habían olvidado sus compromisos.   La respuesta de la pareja feliz careció de ambigüedades: no se haría nada de eso. Pues podría distraer la atención de la “iniciativa” de la primera dama en  salud. ¿Vale la pena comentar que los ciudadanos de Estados Unidos no recibieron cuidado alguno de la salud como reembolso por permitir el asesinato de decenas de miles de civiles europeos?  Pero tal vez eso sea lo más pequeño de todo. Si me preguntaran si la senadora Clinton perdió alguna vez el sueño por ese montón de caídos, tengo la clara sensación de que podría adivinar la respuesta. Ella no tiene lágrimas para nadie sino para ella.

Al final, y por encima de sus arduas objeciones, Estados Unidos y sus aliados finalmente rescataron nuestro honor y pusieron fin a Slobodan Milosevic y su terrorismo de estado.

Sin embargo, en lugar de preservar una cortés reticencia, o al menos una apropiada reserva, la senadora Clinton tiene ahora el oscuro impulso de reclamar por la gente violada y degollada de Bosnia como si ella la hubiera defendido. Las palabras comienzan a fallarle a uno en este punto. ¿No hay nada parecido a la vergüenza? ¿No hay decencia ya? Sería bueno que el recuerdo de la verdad, y la exposición de la mentira permitan al pueblo norteamericano decidir que ningún Clinton vuelva a ver nuevamente la parte de adentro de la Casa Blanca.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Christopher Hitchens

Mecanismo de gatillo

Volando alto

Atrapados en una cinta