Por: Nicolás Rodríguez

Las mentiras sobre la verdad

Una verdad puede ser falsa, COmo cuando se dijo que en Colombia no existía el conflicto armado. La gente botó dos veces por esa mentira, como si fuese verdadera. Y algunos querían alterar una vez más la Constitución, para mayor veracidad.

Las mentiras también están hechas de verdades. Para muchos creyentes en la lucha contra el terrorismo la guerrilla era más bandolera que subversiva. Y no sin buenas razones. El secuestro es una realidad que la izquierda del pasado consideró un mal menor. Una mentira piadosa.

La verdad no es peligrosa, como se repite con tanta cursilería. Al revés. Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú, la mayoría de víctimas del conflicto armado (con los milicos y Sendero Luminoso, cada uno en lo suyo) fueron campesinos indígenas que en vez de español hablaban quechua. Y no pasó gran cosa. La verdad no hará libre a nadie.

También toca sumar, multiplicar, hacer proyecciones. Contar en el sentido más numérico. La verdad puede ser aburridora. El detalle, el lugar, la fecha. La verdad toma tiempo. Sin verdad forense no hay reconciliación. Todavía se lee por ahí que en los hechos del Palacio de Justicia no hubo desaparecidos.

La verdad factual, además, no es la única verdad. La verdad tiene un contexto. Un género. Una edad. Una raza. Una clase. Todo toca reconstruirlo, como lo han hecho con pulso de cirujanos en el Centro de Memoria Histórica. Tres años para una Comisión de la Verdad tras cinco décadas de conflicto es otra verdad a medias.

La verdad no es un secreto. La novelería dirá que es eterna y total. Que lleva a la luz. Pero eso tampoco es cierto. No hay verdad hasta que no se la reconozca como tal. La cosa es más mundana que mística. La verdad la construyen al debe unas personas, en unos marcos y con unas pocas palabras. Hay que bajar las expectativas.

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