Por: Yolanda Ruiz

Las monjas comenzaron a hablar

Son mujeres, discriminadas como muchas. Son religiosas abusadas por sacerdotes, como tantos niños que se convirtieron ya de adultos en el grito de conciencia para una Iglesia que por siglos condenó o perdonó los pecados ajenos, pero no había querido ver ni confesar los propios. Comenzaron a hablar las monjas abusadas y nos empezamos a asomar a una realidad que duele por los delitos cometidos y también por el encubrimiento que las dejó solas a merced de sus agresores.

Algunos dicen que las religiosas, que han sido por siglos sinónimo de devoción, cuidado y silencio, encontraron la voz que habían perdido gracias al movimiento #MeToo o #YoTambién que ha llevado a cientos de mujeres en el mundo a contar sus historias de abuso. En un efecto dominó sin precedentes esas mujeres se han hecho escuchar en la alfombra roja de los grandes eventos del cine, en las redes sociales, en las columnas de opinión y ahora suenan desde los conventos o fuera de ellos, porque algunas de las que se atrevieron a denunciar ya no visten los hábitos porque fueron expulsadas de la Iglesia.

Si las otras mujeres que hablaron las motivaron, también las empujaron los casos denunciados de pederastia en la Iglesia que llevaron al papa Francisco a pronunciarse y a tomar, aunque tarde, algunas decisiones importantes. En el caso de Chile, por ejemplo, después del error cometido y aceptado por el jerarca en su visita a ese país, cuando desconoció las denuncias de las víctimas, llamó a cuentas al Vaticano a los obispos y les pidió la renuncia para depurar a quienes permitieron los abusos y los ocultaron. Por eso no es extraño que lleguen desde Chile precisamente las denuncias de estas religiosas que cuentan de los manoseos y los abusos por parte de los que estaban llamados a ser sus orientadores espirituales.

Si hablan las monjas, condenadas a 2.000 años de silencio, ¿qué más podrán decir? Me pregunto si se atreverán a reclamar su lugar en esa Iglesia que se quedó atrapada en el pasado y tiene décadas de atraso frente a los derechos de las mujeres y no ha querido reconocer que la sociedad y las leyes consagran la equidad, así como el evangelio pregona el amor a todos por igual.

¿Sabrán ellas de los otros abusos que sucedieron por años, esos que muchos jerarcas han preferido no ver, no oír ni denunciar? ¿Saldrán en defensa de los niños agredidos o denunciarán a los ladrones de sotana que hicieron de las finanzas eclesiales su botín?

Me pregunto si esas mujeres que todo lo han visto, ahora que comienzan a encontrar su voz, no estarán llamadas también a generar la revolución que reclama a gritos el mundo para una institución que perdió el norte de lo que cuando tomó distancia de la esencia del mensaje de Cristo. No son pocos los jerarcas que prefirieron aferrarse a los bienes y placeres de la tierra para perpetuar una multinacional que ocultó delitos, agresiones y todo tipo de pecados capitales y veniales.

Aquí debemos estar las mujeres, como una sola, para rodear a estas religiosas ahora que las primeras tímidamente van contando sus historias, para decirles que así como el verbo se hizo carne, también el verbo da poder y la palabra puede transformar. A ellas les reiteramos que el miedo se puede vencer y que son los abusadores los que deben sentir vergüenza y culpa. Las monjas comenzaron a hablar. Ojalá que no se callen hasta que cuenten todo.

 

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