Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Las mujeres que hablamos solas

El 17 de junio de 2017 una bomba estalla en el Centro Andino. Diecisiete heridos, tres muertos. Ocho detenidos, una prófuga. Según las autoridades y los medios de comunicación, los culpables pertenecen al Movimiento Revolucionario del Pueblo.

¿Existe una angustia equiparable a la de perder un hijo en un atentado terrorista? ¿Qué pasa por la mente de una madre que ve la imagen de su hijo en televisión, incriminado por un delito de esa magnitud?

Un hecho noticioso que marcó nuestra historia reciente y el posterior seguimiento de las audiencias judiciales de uno de los incriminados son el punto de partida de La mujer que hablaba sola, de Melba Escobar, un monólogo que reconstruye la vida de la protagonista desde su juventud y se convierte en una introspección a cuentagotas, una exploración de las distintas mujeres —a veces contradictorias, al punto del delirio— que suelen habitar un mismo cuerpo.

Según la autora, la voz de una mujer que habla sola le permitió “perderse en las reflexiones más privadas, en recovecos intimistas”. Aunque inicialmente buscaba escribir sobre la maternidad, encontró en la mirada retrospectiva de la protagonista la vía para expresar las reflexiones que cimentan esta novela.

Cecilia Palacios, una traductora literaria, cuarentona, perteneciente a una familia de clase media alta, que reside en Bogotá con su hijo Pedro (estudiante de Sociología en una universidad pública), se dirige al fantasma de su marido muerto… y a toda una generación. En este monólogo hablan Cecilia (quien, claro, tiene mucho de la misma autora) y un número indefinible de mujeres nacidas en los años 70 y 80.

La de Melba Escobar es una voz que dice lo que muchas hemos pensado, lamentado, gozado y vivido en silencio (o hablando solas). Sus guiños a la obra de Federico García Lorca, la música de algunas escenas, las frases cortas —cuyo hondo sentido supera el “efecto lector”— y las anécdotas que tejen la narración, sumergen al lector en asuntos densos como la estigmatización de la universidad pública; la incomodidad (¿traición?) de clase; la libertad sexual de las mujeres; los amores fugaces y los que no lo son; creer que un bebé es la redención por otro que se abortó; que un hijo puede ser la “cereza en el pastel de una historia tejida sobre equivocaciones”.

“Para la tía Cecilia uno viene al mundo con una cantidad específica de palabras”. La tía Cecilia, la “bruja sabia”, la que asegura que “uno debería venir al mundo con fecha de caducidad”, se asemeja a la tía Mary Beton, aquella que le permite construir Una habitación propia a Virginia Woolf. Son las herencias de tías como Mary y Cecilia, personajes aparentemente secundarios (fabulosos), las que permiten el desarrollo de ensayos, novelas y hasta vidas enteras de las que nunca sabremos nada.

“No hay nada sencillo en el arte de conocer las ideas propias”, dice Cecilia Palacios. Con su escritura, Melba Escobar lo consigue.

Melba Escobar, La mujer que hablaba sola, Bogotá, Planeta, 2019, 247 p.

 

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