Las Naciones Unidas

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A finales de 1945, después de los horrores causados por la Segunda Guerra Mundial, el sentimiento humanista floreció y dio lugar, entre otras cosas, a la creación de la Organización de Naciones Unidas, una institución destinada a mantener la paz, fomentar la amistad entre las naciones y solucionar los problemas globales. Ayer se cumplieron 75 años de su fundación. ¿Qué balance podemos hacer? A mediados del siglo pasado muchos tenían la ilusión de que la ONU se convirtiera en una especie de Estado global, capaz de resolver los conflictos, regular los comportamientos e impulsar la amistad entre los pueblos. Poco de eso ha ocurrido y hoy las Naciones Unidas se parecen más a una gran empresa humanitaria que a un Estado global. ¿Cómo explicar este desencanto?

Son muchas las causas, sin duda, pero hay algo de fondo, relacionado con la naturaleza del Homo sapiens, que puede ayudar a explicarlo. Me refiero a la dificultad que tenemos los humanos para lograr cooperación y armonía entre grupos que compiten. La evolución nos preparó para cooperar, incluso para ser altruistas con los nuestros (vecinos, colegas, compatriotas, etc.), pero no para hacer tal cosa con nuestros competidores. Ya lo había dicho Charles Darwin: “Cuando dos tribus de hombres primitivos entran en competencia, la que tiene individuos más valerosos, dispuestos siempre a sacrificarse y ayudarse, termina venciendo”. Los grupos de individuos con genes más sociables y solidarios (individuos empeñados, además, en defender su reputación de miembros sociables y solidarios) resultaron favorecidos por la evolución. Es cierto que también podemos colaborar con nuestros rivales, pero eso nos cuesta más y casi siempre lo hacemos porque nos vemos forzados a ello, como cuando dos pueblos en guerra se alían para defenderse de un invasor más poderoso que ellos (así fue como se crearon los Estados nacionales).

Mientras el amor por la patria (tribalismo) tiene raíces evolutivas y por eso está respaldado por pasiones fuertes, el amor por la humanidad (cosmopolitismo), que inspiró la creación de la ONU, es más racional y depende de nuestro empeño para prevenir los eventuales desastres del egoísmo tribal. Para apoyar a nuestro grupo contamos con un arsenal de emociones; para apoyar a la humanidad solo tenemos buenas razones.

Eso no significa que el cosmopolitismo sea inalcanzable. Los humanos tenemos algo así como una doble naturaleza: la biológica, más inmediata, emocional e impulsiva, y la cultural, más lenta y reflexiva. Con la segunda podemos anticipar y modificar las consecuencias indeseables que nos impone la primera. El considerable progreso moral que hemos conseguido radica justamente en lograr ese control efectivo sobre algunas de nuestras pulsiones más primarias.

El gran desafío del mundo actual está en lograr que esa segunda naturaleza humana, más cultural y reflexiva, se imponga. Si un extraterrestre amenazara con invadirnos, la colaboración e incluso la amistad entre los pueblos sería más fácil de lograr. Pero tal cosa no existe y es improbable que ocurra. Nuestra única esperanza está, con la ayuda de la racionalidad cosmopolita y de instituciones como las Naciones Unidas, en debilitar nuestros impulsos tribales.

Pero no se trata de un objetivo fácil de conseguir. A finales de 1945 el inmenso sufrimiento causado por la guerra hizo renacer el sentimiento humanista. Ojalá no tengamos que padecer una catástrofe global para recuperarlo y para que las Naciones Unidas tengan un segundo aliento sobre la tierra.

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