Por: Beatriz Vanegas Athías

Las negaciones

Con la oculta esperanza de reafirmarnos como colombianos, o más complejamente con la cizaña e ignorancia que cubre su manto plagado de pulgas sobre el territorio de este país, solemos negarnos como seres humanos.  Es decir, nos negamos dizque para reafirmarnos. Acostumbramos elegir a mandatarios que patrocinan la siembra de fosas comunes para fundar la patria. Así, la revista Semana afirma que durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe, de acuerdo a estudios realizados por profesores de la Universidad de la Sabana y de la Universidad Externado, los “falsos positivos” aumentaron un 150%. Afirma la revista: “Durante sus dos períodos presidenciales, Álvaro Uribe basó sus políticas en tres pilares, uno de los cuales fue la llamada seguridad democrática. Aunque el objetivo era recuperar el territorio que habían tomado los grupos ilegales, el camino se desvió en varias partes, y en múltiples ocasiones terminó con los asesinatos de campesinos que eran presentados como guerrilleros muertos en combate”. Es decir, miles de colombianos fueron asesinados por el mismo Estado para que la patria se refundara.

Y aquí cabe comentar cómo el lenguaje con sus eufemismos —“falsos positivos”, “refundar la patria”— niega los hechos con el fin de que no resulten tan infames, pero esta desaparición simbólica es más cruel en tanto metaforiza una práctica que atenta contra la integridad de seres humanos situados en el sitio donde el azar macabro y juguetón se instaló de manera premeditada. Es un azar planificado el que se padece en Colombia. Y es avalado por el idioma.

Así se prepara Colombia para la entronización de esta preocupante derechización que fortalece la negación de la verdad contada por los otros personajes que configuran el rompecabezas de un país diverso y complejo, es decir, las diferentes versiones de ella que posee el ateo, la mujer, el escritor de la periferia, el indígena, el homosexual, el transexual, la escritora, el niño, el anciano, los indígenas que aún sobreviven, los negros, las campesinas que sobrevivieron a las masacres y a la ausencia de reforma agraria, el estudiante de colegio y universidad pública, la arribista clase media que no sabe para dónde va y por eso sostiene proyectos de país que benefician a los patrones, antes que a sus congéneres. Ay, la clase media, esa caricaturizada magistralmente por Quino en tres formidables viñetas en las que, primero, amenazan con aplastar a los pobres; luego ellos les suplican que se queden donde están porque los pobres pobres ya son suficientes; pero nada, caen en picada y se unen trágicamente a los pobrecitos. No sube nunca la clase media al nivel que posee la clase alta, que es la clase idolatrada, pero que no es alta por ser un paradigma de valores y decencia, tal vez en países cuya erosión moral lo sea, pero aquí y con tan profunda erosión moral es casi utópico.

Negarnos para ser, pero final y estúpidamente abonar el terreno para caer. Hacia allá vamos con las mentiras mal llamadas posverdades del Centro Democrático; con el reality de candidatos del Centro Democrático; con la difusión en alta voz de sandeces del Centro Democrático, porque ya se sabe que sí hay quienes dudan del genocidio nazi; quienes dudan de la Operación Desierto que exterminó a los mapuches de la Patagonia para “blanquear” a la Argentina; no es raro que María Fernanda Cabal mezcle verdades literarias con verdades históricas, pues en ese sancocho de negaciones es muy sencillo desconocer  la masacre de las bananeras en Colombia. Muy pronto diremos que Bojayá, El Salado, Paujil, Tierralta, Chengue, Ituango, Barrancabermeja, Uribía, y tantas más, fueron simples entrenamientos para probar la efectividad de la dotación bélica del gobierno de mano firme, corazón grande.

 

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