Por: Dora Glottman

Las niñas no callan para siempre

A primera vista Jennifer Araoz parecía la víctima perfecta. Una niña de 14 años en busca de una figura paterna. Era el otoño del 2001 cuando frente a su colegio, en Nueva York, apareció una mujer que buscó cualquier excusa para entablar una amistad con ella y así lograr su confianza solo para, más adelante, traicionarla y entregarla en bandeja de plata a un depredador sexual. La mujer supo cómo ganarse a la niña, aunque descifrar sus puntos débiles no era difícil. Araoz había perdido a su padre dos años antes, soñaba con ser modelo y actriz y estudiaba en un colegio en un barrio adinerado de Manhattan, pero vivía en una zona menos privilegiada. 

Era la víctima ideal para Jeffrey Epstein, un billonario que hizo su fortuna en bancos de inversión, vivía a diez cuadras de la escuela de la niña y buscaba jovencitas como ella para satisfacer sus perversos deseos sexuales. Engañada con la supuesta ayuda que le daría Epstein para lograr sus sueños de fama y en busca de apoyo económico y emocional, terminó de la mano de su supuesta amiga en la mansión del financiero.

Durante un año él le dio dinero a cambio de masajes que ella debía hacerle medio desnuda, hasta que un día la violó. Cuenta Araoz que esa tarde salió corriendo de la mansión y jamás volvió, atrás quedaron su inocencia, sus sueños y su paz.

Desde entonces han pasado 18 años y las vidas de Araoz y Epstein tomaron dos rumbos muy distintos. Él, creyéndose todopoderoso, repitió el crimen que cometió con Araoz muchas veces más. Hasta que el fin de semana pasado fue arrestado en Nueva York acusado de tráfico sexual de menores, pues no solo abusaba de adolescentes, sino que les pagaba a mujeres para que le consiguieran a sus víctimas. Lo grave es que ya había sido detenido antes, hace 11 años, pero la justicia no cumplió.

Sucedió en 2008 en Florida, pero con la ayuda, o negligencia, de Alex Acosta, por entonces fiscal del distrito sur de Florida y hasta esta semana secretario de Trabajo, Epstein logró un “sweetheart deal”; es decir, una sentencia inusualmente ligera que consistió en declararse culpable de dos cargos de solicitar prostitución a una menor a cambio de pagar solo 13 meses de cárcel, con la posibilidad de salir todos los días para ir a su oficina.

El viernes Alex Acosta renunció a su cargo. Su salida le conviene a su jefe, el presidente Donald Trump. Es una manera de alejar el foco del escándalo de Washington, pues el mandatario también tiene “velas en este entierro”, porque en el pasado dijo que el billonario había sido su amigo y que compartían el gusto por las mujeres jóvenes y bonitas.

Jennifer Araoz vive en Queens y es una maquilladora profesional. Después de la violación dejó de estudiar y sufrió de ansiedad y depresión durante años, hasta que se convirtió en una adulta y ante la posibilidad de que otra niña viva lo que vivió, decidió denunciar a su agresor y ser la voz y el rostro de sus muchas víctimas.

Su determinación me recuerda una de las frases más impactantes durante el juicio a Larry Nassar, el doctor del equipo nacional de gimnasia de Estados Unidos acusado de abusar sexualmente de más de 200 niñas y mujeres adultas. Se la dijo sin miedo y mirándolo a los ojos Kyle Stephens, una joven a quien el doctor violó desde los seis años: “Las niñas no se quedan pequeñas para siempre, crecen y se convierten en mujeres fuertes que regresarán para destruir su mundo”. Nassar fue condenado a 175 años de cárcel. Ojalá con Jeffrey Epstein pase lo mismo.

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Las niñas no callan para siempre

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