Por: Héctor Abad Faciolince

Las novias de un escritor

Creo que todos los escritores, jóvenes o viejos, casados o solteros, vivimos teniendo novias o al menos soñando con novias posibles pero inexistentes.

“La vida se soporta / tan doliente y tan corta / solamente por eso”, escribió alguna vez el gran Rubén Darío. Sin esta novia, Tachia Quintana, la de sus años más duros de privaciones y soledad en París, García Márquez no habría sido nunca capaz de terminar El coronel no tiene quien le escriba. El amor, o la ilusión del amor, es la mejor gasolina de la escritura, y cuando esa gasolina empieza a escasear, también eso que los antiguos llamaban estro poético, o inspiración, se va secando como un pozo de petróleo ya explotado hasta la última gota.

Tengo la impresión, y a veces he hablado de ello con algunos amigos escritores, de que cada novela o cuento que uno escribe tiene una musa concreta, una mujer que se ama o que se cree amar, que es como el hada madrina de ese libro. Pero hay un equilibrio necesario, y una privación ineludible, para que cada novia pueda funcionar de verdad como motor e inspiración, sin que el escritor desgaste toda su energía creativa. Si el escritor claudica del todo y se dedica del todo al amor, entonces ya la escritura no funciona. Por eso es tan interesante lo que dice Quintana sobre la disciplina de García Márquez en su escritura: el amor, quizá, lo embelesa, pero no lo distrae de su primer objetivo, que es escribir el libro. La novia permite escribirlo, ayuda a escribirlo, pero si el amor supera a la escritura, si la vida es más importante que el ensueño, el libro se hunde y se olvida.

 Alguna vez Plinio Apuleyo Mendoza habló de esa dedicación sin claudicaciones de García Márquez, quien nunca se dejó tentar por el canto de las sirenas y estuvo siempre atado al mástil de su máquina de escribir. Por encima de cualquier posibilidad erótica, antes que la farra y la cama, el gran escritor colombiano ponía sus novelas. En vez de salir a beber, cantar y bailar, Gabo era capaz de quedarse sentado frente a su escritorio, con la novia real o posible en el pensamiento, pero solamente con la página al alcance de la mano.

 Fernando Botero me contó una vez, en cambio, que Plinio Apuleyo Mendoza sucumbía hasta tal punto al amor, que era capaz de pasar la noche entera, aovillado en el tapetico de los pies (el felpudo que dicen los españoles), a la puerta de la mujer que amaba. Tal vez por esa capacidad superior de embelesarse, más que de sucumbir al amor, fue que García Márquez pudo escribir grandes libros en vez de tener grandes amoríos. Otros escritores han tenido más amoríos que libros. El teclado (y el rostro de una mujer) son como la pistola de un ladrón que nos apunta al pecho y nos exige que tomemos una decisión definitiva: la obra o la vida.

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