Por: Saúl Pineda Hoyos

Las nuevas señales del TLC

Al comienzo de las negociaciones del TLC entre Colombia y Estados Unidos, hacia el año 2004, tuve oportunidad de asistir en Washington a un evento organizado por la CAF y el Dialogo Interamericano.

Una vez el señor Robert Zoellick, entonces representante comercial del gobierno norteamericano, terminó la disertación en su panel, una vehemente ex ministra colombiana lo invitó a transferirle a nuestro país toda la experiencia acumulada por los Estados Unidos en materia de apoyo a sus exportadores y mitigación del impacto de importaciones que competían con sus industrias. La respuesta del funcionario no se hizo esperar. “Esas son malas prácticas del pasado que queremos erradicar para dar buen ejemplo en las relaciones con nuestros socios comerciales”, señaló.

Siete años después, estas “malas prácticas” son invocadas por la administración Obama para condicionar la aprobación del TLC con Colombia, Corea del Sur y Panamá. Así se expresa en la solicitud de una extensión del Programa de Asistencia para Ajuste al Comercio para Trabajadores (TAA, por sus siglas en inglés), que contempla cooperación y entrenamiento para los trabajadores estadounidenses que perdieron sus empleos como resultado de la competencia externa, con un presupuesto que asciende aproximadamente a 600 millones de dólares al año. Pero este programa no es el único. El Gobierno Federal también cuenta con una serie de medidas similares como los Programas de Asistencia para Ajuste al Comercio para Firmas y Agricultores que se ven amenazados por las importaciones y que focalizan su apoyo en la implementación de proyectos para expansión de mercados, fortalecimiento de operaciones, mejoramiento de competitividad o creación de empleos.

Los estudios elaborados para cuantificar el impacto del TLC en Colombia —por instituciones como el DNP o Fedesarrollo— han insistido en sus beneficios en materia de crecimiento económico y dinamismo exportador para el país. Pero también han dado cuenta del eventual impacto negativo que la competencia norteamericana tendría en empleo e ingresos para empresarios y productores de sectores como textiles, ropa y cuero; papel y productos editoriales, y algunos agropecuarios como algodón, cereales o pollo.

De las evasivas del señor Zoellick hemos pasado a un escenario en el que Obama ha destapado las cartas. Por ello creo que valdría la pena emular con mayor decisión las políticas activas de apoyo a sectores nacionales que van a resultar vulnerables con la entrada en vigencia del acuerdo.

Director Cepec, Universidad del Rosario.

 

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