Por: Héctor Abad Faciolince

Las obispas

ANTES DE REFERIRME A LAS OBISPAS quisiera hablar brevemente de los Juegos Olímpicos. No de los de Pekín, sino de los antiguos, los de Grecia.

En las olimpíadas originales podían competir solamente varones jóvenes, y lo hacían completamente desnudos, entre otras cosas porque estos juegos eran una celebración del cuerpo. Las mujeres no podían participar, no sé por qué, y también en las primeras olimpíadas de la era moderna (Atenas, 1896) participaron solamente hombres.

Si nos atenemos a este hecho histórico, los países islámicos ortodoxos son los que siguen con mayor fidelidad esta tradición olímpica milenaria, no porque envíen a sus hombres a competir desnudos, sino porque de hecho prohíben la práctica del deporte a todas las mujeres.

El problema con las mujeres deportistas, en estos países, tiene que ver con el atuendo. En Arabia Saudí, en Irán o en Afganistán, las mujeres tienen la obligación de vestir según la moda de los tiempos del Profeta: toda la piel del cuerpo cubierta, ni una hebrita de pelo a la vista, y si mucho algunas partes del rostro o de los ojos al descubierto.

Se comprenderá que correr la maratón, o saltar con garrocha, o nadar los cien metros estilo pecho, vestidas de la cabeza a los pies como monjas de clausura, es sumamente complicado, por decir lo menos. El calor, el estorbo, la resistencia del agua.

En los países islámicos cortan por lo sano: las mujeres tienen prohibido competir en natación, porque no pueden usar en público traje de baño, y si juegan voleibol lo deben hacer de pantalones, guantes, turbante y manga larga. La prohibición, supongo, les parecerá a ustedes tan absurda y retardataria como a mí. Pero que sea fiel a la tradición más antigua y ancestral, no cabe duda.

Los argumentos católicos para no ordenar mujeres sacerdotes, y mucho menos consagrar obispas, se parecen a los del Islam sobre el deporte femenino. Los obispos que en conjunto se llaman el episcopado, porque en griego obispo se dice episkopos (vigilante) son los sucesores de los 12 apóstoles, y como todos ellos fueron hombres, se debe mantener la tradición y consagrar como tales solamente a los varones.

Entre los cristianos, fuera de los ortodoxos, los católicos, los episcopales y los anglicanos, los demás protestantes creen en el “sacerdocio de todos los creyentes”, y por lo tanto entre ellos no hay curas ni obispos ni obispas (o todos lo son) pues basta creer para ser sucesor de los apóstoles.

Los católicos no piensan igual y según ellos la reciente decisión de los anglicanos, que permite consagrar obispas a las mujeres, aleja mucho la posibilidad de que algún día se recomponga el cisma con la Iglesia de Inglaterra. El prejuicio contra las mujeres está tan arraigado en la cultura católica que no es posible consagrar ni siquiera sacerdotisas entre ellas (como sí lo hacían en la antigüedad otros cultos religiosos egipcios o griegos); y ni hablar de obispas u obispesas: mucho menos.

Se me dirá que es mala mi comparación porque una cosa es correr los cien metros planos y otra muy distinta convertir el vino en sangre o el pan en el Cordero de Dios, o bien, para el caso de los obispos, que una cosa es correr la maratón y otra muy distinta ser el pastor del rebaño del Señor. Puede ser. Yo no soy católico, veo las cosas desde afuera, y se me parecen mucho, pero podría estar equivocado.

Sostengo que en ambos casos los prelados católicos y los clérigos islámicos piensan la cosa de la misma manera. Lo que los perturba es que las mujeres jóvenes (atletas o sacerdotisas u obispas) puedan despertar en los hombres malos pensamientos. Que esté una dama en la elevación y los varones se eleven pensando en otras cosas distintas al milagro de la transustantación. Mientras el sexo sea pecado, la mujer seguirá siendo vista como un peligro para los hombres. No así para otras mujeres.

De hecho los islámicos proponen que se hagan olimpíadas femeninas donde el público y los jueces sean también mujeres, y en las que no haya fotos. Y los católicos admiten que haya abadesas y santas, siempre y cuando se encierren en universos puramente femeninos. Cualquiera que haya leído a Santa Teresa de Ávila, una de las más grandes escritoras de nuestra lengua, sabe que ella habría sido capaz no sólo de ser obispa, sino incluso papisa. El caso es que los varones y prelados católicos no la dejaron, como ahora no las dejan.

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