Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Las palabras de la calle

Del otro lado de la calle están las palabras de la gente de a pie, sus palabras, que surgen de la creación y la invención, que son brotes de ingenio, necesidad de decir, y también, por supuesto, necesidades de todo tipo. Del otro lado de la calle están el barrio con su imaginación, y la imaginación con vidrios de colores y ropas de colores, porque hay que alegrar la vida, “Déjenme reír, para no llorar, dejénme cantar pa’ que la pena no duela tanto”, como cantaba Rubén Blades.

Del otro lado de la calle están los curiosos y los que se la rebuscan, y siempre, contra todo, los que aguantan y resisten, y entre la curiosidad, el rebusque y el aguante van apareciendo las nuevas palabras, las palabras que viven y palpitan, que duelen, y también, que salvan, y ya ni importa si van a ser avaladas, aprobadas, legitimadas y selladas en sus congresos por los doctos de las academias y los diccionarios.

Y de este lado están ellos, los doctos de la academia, de todas las academias, y los funcionarios de la palabra, que han hecho de las reglas y los manuales, de los diccionarios y la gramática su feudo. Se visten de corbata, usan mancornas, y miran hacia la otra calle con gesto de superioridad, que es como decir, de fastidio, pues se creen los dueños de la palabra, aunque apenas sean una especie de  legisladores de la lengua. 

En vez de crear palabras, le sacan provecho a las que ya existen para confundir y ascender, para lucrarse de la palabra y acumular más y más poder, y se rodean de gente similar que trabaja en el arte de los incisos y la letra pequeña, siempre con el gran objetivo de cautivar a los ingenuos, y después, engañarlos. Se dan palmadas en la espalda y se sonríen milimétricamente, cuidando cada gesto y cada paso, pues el ladrón es quien mejor reconoce a otro ladrón.  

Se nombran y se premian entre ellos, y utilizan a quien esté a la mano para convencer a los que están del otro lado de la calle y a los incautos de que sin ellos no habría lengua ni idioma ni palabras, cuando los verdaderos hacedores de la palabra son, precisamente, esos que como usted y como aquel están del otro lado de la calle. 

 

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