Por: Catalina Uribe

Las palabras de las Farc

La semana pasada Claudia Gurisatti publicó un video en el que el exguerrillero Jesús Santrich le gritaba “cretino” a un periodista de RCN. Santrich se alteró cuando el periodista cuestionó al exguerrillero y candidato a la Cámara de Representantes Byron Yepes, por la presunta obligación de las Farc de hacer abortar a las guerrilleras. Santrich interrumpió después de que Yepes intentó justificar la práctica con argumentos como el siguiente: “en nuestra organización todos los combatientes cuando ingresamos sabíamos que teníamos que cumplir con unas normas, con unos reglamentos, todos éramos conscientes de que debíamos respetar y acatar estas normas”.

La intervención de Santrich es tan problemática como la de Yepes. El primero muestra una desproporción indebida de las palabras, además de una falta de habituación a vivir en un mundo público y supervisado en el que de hecho hay que rendir cuentas. No es un asunto menor la vocación latente de ciertos exguerrilleros de ejercer la violencia gratuitamente, y más aún contra periodistas, los garantes de la verdad y la democracia. Y aunque los insultos no son balas, no es digno, ni es adecuado, ni es prudente agredir por reflejo. Ningún liderazgo robusto se da por matoneo.

La explicación de Yepes tampoco sale bien librada. ¿Cómo así que los combatientes deben seguir unas normas? ¿Se está refiriendo a las guerrilleras que deben cumplir con abortar o a los guerrilleros que deben cumplir con hacerlas abortar? En cualquiera de los casos hay un desconocimiento a la humanidad de las mujeres en donde la única respuesta posible es pedir perdón o quedarse en silencio. Los tratos crueles nunca están justificados. Ni en la paz, ni en la guerra. Peor que el asesinato es la tortura. Nada justifica el maltrato y el abuso que hizo las Farc de sus combatientes.

Ahora que los exmiembros de las Farc entran en la contienda política deben, al menos, aprender a adecuar sus palabras a los tiempos. Quizá de tanto cuidar cultivos se les pegó esa vocación mafiosa de creerse siempre en la verdad. Pero esta vocación ignora la dignidad de la nación y de sus instituciones. Colombia sólo ve lo que dicen. Quién sabe si los que están más cerca puedan saber quiénes son. Y aunque tampoco son los únicos políticos con vocación de patrón, sí tienen suficientes crímenes a cuestas como para darse el lujo de no presentarse como capaces de vivir en sociedad.

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