Por: Armando Montenegro

Las palabras del papa

El papa Francisco no va a ser recordado por sus reformas en materias como el celibato, la ordenación de mujeres o el matrimonio entre personas del mismo sexo (en estos asuntos mantiene puntos de vista tradicionales).

El pontífice ha concentrado sus esfuerzos en la reforma de la curia —plagada de roscas, lujos y escándalos—, y en fomentar una cierta apertura de la Iglesia hacia los pobres, los marginados y varios grupos de católicos excluidos por los discursos ultraconservadores de sus dos antecesores: los divorciados, los que planifican sus familias, los homosexuales, entre otros.
 
Los mensajes de Francisco se han caracterizado por un lenguaje sencillo y directo, emitidos con frecuencia en conversaciones informales con periodistas, sacerdotes y una variedad de interlocutores. En esos diálogos el papa ha sostenido puntos de vista que han suscitado las simpatías y esperanzas de los sectores renovadores de su iglesia (“quién soy yo para juzgarlos”, cuando se refirió a los gais), pero también se le han escuchado frases sorprendentes, imprudentes, que han generado confusión y han obligado al Vaticano a salir a dar explicaciones.
 
Abundan los ejemplos de lo que la prensa califica como metidas de pata. La semana pasada, cuando se refirió a los peligros de la extensión del narcotráfico en Argentina, el pontífice habló de la indeseable “mexicanización” de su país, una expresión inapropiada en boca de un jefe de Estado, que, como era natural, desató protestas del gobierno de México que merecieron las aclaraciones de los voceros papales. Unos días antes, el pontífice había avalado la primitiva costumbre de algunos padres de infligir castigos físicos (pero “no en la cara”) a sus hijos. Aunque seguramente hablaba de golpes moderados, no de palizas, por la dificultad de trazar la raya entre unos y otras, sus declaraciones causaron desconcierto (no faltará quien diga, después de azotar a sus hijos, que sigue las orientaciones del propio pontífice) y provocaron algunas protestas, entre ellas la de la ministra de la Juventud de Alemania.
 
Otra de sus controvertidas declaraciones, comentada por Héctor Abad en estas páginas, fue la relacionada con sus expresiones de cierta comprensión de los motivos de los autores de la masacre de Charlie Hebdo. Dijo el pontífice que “si alguien insulta a mi madre, yo le doy un puño” (nada de poner la otra mejilla, “puño”). Una vez más, el Vaticano tuvo que aclarar, al tiempo que ratificó la condena del papa a la violencia y el terrorismo.
 
Este simpático papa argentino, con sus 78 años y un solo pulmón, una especie de abuelo desdeñoso del lujo y la pompa, dice lo que se le viene a la cabeza. Con frecuencia habla de sus propios errores y de los peligros de no tener dudas. Así, con sus tareas a cuestas, rodeado de la atención de los medios y las expectativas de sus fieles, avanza en su pontificado. Comentaristas como Eamon Duffy (“Who Is the Pope?”, NYRB) piensan que, por su avanzada edad, será un personaje de transición en la historia de la milenaria institución que preside. Al lado de las reformas que logre concretar, su verdadero legado, seguramente, surgirá de los cardenales que está nombrando, con capacidad de tener un impacto en la elección de su sucesor. Más que las noticias sobre sus charlas con los periodistas, esta podría ser su verdadera herencia.
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