Por: Carlos Granés

Las pelotas contra el suelo

El pasado 10 de noviembre, el artista ruso Pyotr Pavlensky se desnudó en la Plaza Roja de Moscú y, martillo en mano, procedió a clavar sus testículos al suelo.

Con aquella acción extrema y, digamos, sensible, quería denunciar la apatía política que ha permitido a Putin convertir a Rusia en un estado policial. Pavlensky permaneció sentado unos minutos contemplando su genial obra, hasta que apareció la policía para detenerlo. Se trata de la última acción de arte político que ha despertado el interés mediático global.

Las obras que involucran autolaceraciones han cobrado vigencia en las últimas cuatro décadas. En 2002, por ejemplo, el artista Pierre Pinoncelli se cortó un dedo en el V Festival de Performance de Cali para demandar la liberación de Íngrid Betancourt. Como la de Pavlensky, la acción de Pinoncelli pretendía remover las conciencias y generar cambios en la realidad. Pero el resultado es el que sabemos: Íngrid siguió seis años más en la selva y el pobre artista se quedó sin su meñique izquierdo. Lo que ponen de manifiesto estas obras, y buena parte del performance político que se realiza hoy en día, son las elevadas expectativas que depositamos en el arte.

A los conservadores les encanta creer que el arte tiene el poder de refinar o ennoblecer, y a los progresistas, que tiene el poder de cambiar la conciencia o sensibilizar ante las injusticias. La realidad es un tanto más árida. Lo que cambia a las personas y a las sociedades son las ideas, las escalas de valores y la verdad. Un reportaje o una foto periodística pueden generar un terremoto político. Una nueva escala de valores cambia las costumbres, los gustos y los hábitos de consumo. Una idea puede transformar las leyes y las instituciones y cambiar por completo las condiciones de vida de un país.

Es verdad que el arte puede encarnar actitudes o valores, y que cuando lo hace con efectividad enriquece el debate cultural. Pero en ese caso no se trata sólo de una obra, sino de un conjunto de ideas u opiniones, de un proyecto estético o vital, de una visión del mundo y del ser humano que se expresa mediante imágenes. Un artista sin un dedo u otro con los testículos agujereados, difícilmente logran ese efecto. Sólo escandalizan; se convierten en noticia y espectáculo durante unos pocos días, hasta que alguna otra imagen, más truculenta o explícita, las desplaza al olvido.

Con esto no digo que el arte sea políticamente inocuo. Al ser humano lo asalta con frecuencia la tentación de encerrar a sus congéneres en naciones, etnias, castas, iglesias, moralinas, clases o razas, y el arte, cuando expresa la individualidad o las pulsiones libertarias, se convierte en un acto de rebelión contra toda forma de imposición externa. Lo que ha hecho Pavlensky no tiene nada que ver con esto. En su acción sólo hay impotencia. Incapaz de alterar la realidad externa, se conforma con alterar su cuerpo. Por eso lo dejaron en libertad. Hasta los policías rusos saben que atravesarse las pelotas con un clavo es un acto estúpido, que no cambiará la opinión de nadie y que ni los más radicales opositores de Putin van a celebrar. Mucho menos a emular.

 

*Carlos Granés

 

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