Por: Saúl Franco

Las preguntas y los retos que nos hace el Chikungunya

Debemos estar ya por los 300.000 casos de Chikungunya en Colombia. Hasta el 19 de junio el Instituto Nacional de Salud había reportado 273.232 casos clínicamente confirmados, 39 muertes y un ritmo de expansión incontrolable.

Estamos, sin duda, ante una epidemia. Baste decir que hasta septiembre del año pasado no teníamos todavía ningún caso en Colombia, y ahora tenemos una tasa de 567 por 100.000 habitantes; que ahora la enfermedad está prácticamente en todo el país pues sólo en Bogotá, Vichada y Vaupés no se han reportado casos autóctonos, y que más de la mitad de los casos confirmados se concentran en tres departamentos: Valle, Tolima y Huila. ¿Es tan explosiva y agresiva esta enfermedad viral, o nos encontró con los calzones en la mano?

Hay un antecedente reciente que nos puede ilustrar mucho. Cuando el más reciente brote de Ébola en África, se pensó que se trataba de una enfermedad muy mortífera o, como dicen los especialistas, de altísima letalidad. Pero pronto se fue viendo que la mortalidad estaba muy relacionada con la calidad de vida de los países en donde se originó el brote – Sierra Leona, Liberia y Guinea – y con las condiciones tanto de salud básica de las personas como de los servicios de salud de los países. De hecho, cuando estos se fueron mejorando, la letalidad disminuyó, sin que el virus hubiera cambiado. Volviendo al Chikungunya: claro que estamos en área tropical, que ofrece las mejores condiciones para los mosquitos que transmiten el virus – llamados aedes aegypti y aedes albopictus -. El 90% del territorio nacional está por debajo de los 2.200 metros sobre el nivel del mar. Y es también cierto que no hay todavía ni vacuna ni tratamiento específico para esta enfermedad. Pero si la razón fuera la ubicación tropical de nuestro país ¿por qué sólo Colombia aporta justamente el 90% del total de los casos del área andina, según datos de la Organización Panamericana de la Salud?

Hay que buscar sin temores ni prejuicios las respuestas a inquietudes y preguntas como las anteriormente sugeridas. Respuestas, no respuesta, claro. Para animar la discusión arriesgo algunas en borrador. Primera: confiamos más en la química que en las buenas condiciones de salud. Lo que llaman el modelo médico, es decir, la manera como la sociedad entiende y enfrenta los problemas de la salud y la enfermedad, nos ha llevado a creer que la mejor manera de hacerlo es comprando o recibiendo medicamentos y compuestos químicos. Y resulta que es mucho más importante la manera como vivimos, el entorno que construimos. Los medicamentos y demás químicos – como insecticidas, por ejemplo - pueden servir, pero no reemplazan lo otro. Segunda: al personal de salud, y a los médicos en particular, nos cuesta mucho aceptar que no sabemos, y mucho más que otros nos enseñen algo nuevo, o volver a aprender. El chikungunya es una enfermedad muy nueva, se mencionó remotamente apenas a mitad del siglo pasado y sólo ahora la tenemos en casa. No estaba en los libros en los que aprendimos medicina. Y en Colombia, además, no se nos exige a los médicos y al personal de salud vivir actualizados en conocimientos y prácticas. Y tercera: el sistema de salud que tenemos nos cambió el chip y ya preferimos curar o que nos curen, a prevenir. He sostenido que la Ley 100 de 1993, todavía vigente, desplazó totalmente a la salud pública frente al negocio bimillonario de compraventa de servicios de salud. Esta epidemia es una nueva prueba del error. Y ojalá un nuevo estímulo a cambios de fondo y no de forma. 

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