Las primeras metáforas (I)

Noticias destacadas de Opinión

Las primeras metáforas que me llegaron salieron del Teatro Diana donde mi madre era taquillera. Y también de un radio en forma de neceser, color azul, con dos botones protuberantes, uno para buscar el dial y otro para disminuir o aumentar el volumen. De ese neceser que funcionaba con las pilas marca Varta salieron directo a mis oídos (que oficiaban como ojos) las imágenes más deslumbrantes sobre asuntos que la adolescente que era apenas descubría: la nostalgia, el desamor, el abandono, la contemplación de la naturaleza en su íntima relación con los estados vitales, la conciencia de la injusticia sobre el campo de donde procedían los cantores, a quienes se llamaba compositores y no escritores, ni poetas, ni narradores: aunque eran todo eso.

Componer. Una composición. Era el verbo y el nombre que se daba a autor y texto. Pensaba entonces que el verbo componer me enseñaba muchas realidades: se componía la pierna del que se fracturaba al caer del palo (árbol) de guayaba, pero igualmente, Rosendo Romero componía unos versos para que Jorge Oñate los cantara y nos informara con sentimiento sobre el sufrimiento existencial del cantor: “quiero partirle el corazón a los guayabos / al filo de una pena que me duele aquí en el alma”.

Crecía y escuchaba desde mi radiecito azul marca Sanyo que tal vez era posible que el amor desdeñado sólo podía nombrarse en conjunción con la naturaleza. Fue un deslumbramiento buscar en el gordísimo diccionario Larousse ilustrado, el significado de una palabra que me parecía bella en su sola pronunciación, en el sonido que provocaba: Relicario, Relicario de besos, “porque si aquel relicario de besos / que yo te ofreciera echas al olvido / crucificado y temblando de rabia / con llanto en los ojos desbarato el nido”, cantaba yo a gritos y con histrionismo, dándome onda en la hamaca (el único columpio para los niños que habitábamos pueblos perdidos) y con una cuchara de palo como micrófono. En mi mente católica imaginaba que aquel dolor cantado era tal, que solo se podía comparar con el padecimiento de Cristo. Toda esa semántica mística en la bella voz de Rafael Orozco, compuesta para él por el médico Fernando Meneses, configuró en mi léxico palabras hasta entonces desconocidas: lecho, capullo, relicario, buitres, falda de una montaña. Y me hacía pensar cómo sería una “canción que el viento silbara incompleta”, o cómo sería ese paisaje en el que vuelan sobre corazones “buitres amenazadores”.

La radio y posteriormente una grabadora con casete fueron entonces libros impresionantes. Me hicieron caer en cuenta (esta expresión en el Caribe es casi equivalente a hallar la esencia) que la naturaleza era un ser vivo con la que había que establecer una relación sentimental, de amistad o de mutuo cuidado. Entonces no lo veía en estos términos que hoy lo escribo, pero estaba levantándose en mi interior el sustrato que me impide hoy aceptar las agresiones a los cuerpos de agua, al animal desplazado y asesinado, al árbol demolido en toda su entereza y dignidad: “Lo que si me dio sentimiento / Y con sentimiento lloré / fue que se cayó la Ceiba del puerto / la que fue testigo hace tiempo / de las travesuras de mi niñez”, cantaba a todo pulmón el otrora digno cantor Poncho Zuleta.

Mi madre sucreña tenía como su preferido, entre los conjuntos musicales vallenatos, aquel conformado por los sabaneros Otto Serge y Rafael Ricardo que tenían otro sonido porque cantaban acompañados de un acordeón piano que hacía la nota más lenta, larga y en consecuencia más lírica y nostálgica. Repetía y repetía el canto sobre el “mochuelo pico e maíz y ojos negros brillantinos / y como mi amor por ti entre más viejo más fino”. Con esa repetición melódica aprendía sobre la tortura de una jaula que muchos años después evoqué al leer Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Borneman, cuento en el que los animales de un zoológico se liberan del dueño opresor. Así el mochuelo ante la petición del cantor Adolfo Pacheco que quiere liberar su amor y al pajarito: “canta con seguridad / como anteriormente hacías / cuando tenías libertad en los Montes de María”.

Comparte en redes: