Por: Reinaldo Spitaletta

Las “regañaduras” de Trump

Colombia ha puesto los muertos y Estados Unidos sus desaforadas fauces para quedarse con las ganancias del negocio. Colombia ha sufrido la guerra y los gringos se han embolsado “el pan y el pedazo”. ¿O qué ha sido el Plan Colombia? Una estrategia estadounidense disfrazada de “ayuda humanitaria” y, en esencia, una boyante empresa de Washington y las transnacionales, entre ellas Monsanto y Dupont, productoras de glifosato.

Ahora, el presidente Donald Trump, que por supuesto sigue metiendo sus narices (¿habrá acaso probado cocaína?) en los asuntos internos de América Latina, y, en particular en los últimos días, en los de Venezuela y Colombia, ha amenazado con “descertificar” el país.  Se dejó venir con una tonadilla de capataz. O de Tío Sam con ganas de joder. Y el asunto tiene hoy en calzas prietas al gobierno de Santos, que, como sus predecesores, ha sido un acólito de la Casa Blanca.

Trump, en sus observaciones, habló con rudeza. Con tono de regaño. Quizá, como un gringo viejo de los tiempos de la secesión de Panamá, con el garrote en alto. Los de la “neocolonia”, un tanto asombrados, perplejos, ante la requisitoria, adujeron que la política de erradicación de cultivos de coca sigue firme y pidieron al “patrón” que hiciera más por reducir la demanda interna. O, en otras palabras, que pensara en otras medidas para que allá dejen de “soplar” tanto.

El caso es que la discusión en esferas oficiales se ha estancado en determinar la frecuencia del tono de Trump. Si fue el adecuado. Si casi se le sale un “gallito” en el berrido. Si era un regaño, una reconvención, una cantaleta, o qué diablos era. Y a ninguno se le ocurrió decir que este es un país soberano, al cual hay que respetar en su dignidad. Bueno, es pedir peras al olmo. Porque, por lo visto, ni somos independientes ni soberanos, sino, como es fama, un solar del imperio (nada que ver con castrochavismo, no confunda).

Otros interpretaron el llamado de atención como que Trump está disgustado con los acuerdos de paz con las Farc. Se dice que el país descuidó la lucha antinarcóticos durante los años de la negociación. Se descree en que la sustitución voluntaria de plantíos es posible. O, desde la perspectiva del negocio de ciertas transnacionales, hay que volver a la aspersión aérea. Por otra parte, a Washington le ha interesado más la mano dura que la resolución de conflictos por medios políticos, como el caso de la paz con las Farc.

Los Estados Unidos, que no tienen amigos sino intereses, no dan puntada sin dedal. En la amenaza de descertificación debe haber otras intenciones, quizá el de apertura de nuevas transacciones para las compañías multinacionales. El Plan Colombia ha sido eso: una feria. Tal vez, algunas empresas fabricantes de armas están viendo la disminución de ventas por estos lares. Lo que sea, es claro que la Casa Blanca ha vuelto a “narcotizar” las relaciones con su punta de lanza en Suramérica.

De las reacciones de precandidatos presidenciales colombianos sobre la pataleta de Trump, me llamaron la atención dos. Una, la de Marta Lucía Ramírez: “Me pregunto por qué Estados Unidos se demoró tanto en reaccionar. Creo que a Estados Unidos y Europa hay que exigirles mucha más lucha interna contra el lavado de dineros…”. La otra, la de Jorge Robledo, que propuso un pacto contra la injerencia gringa en los asuntos internos de Colombia: “¿vamos a tolerar que Estados Unidos nos diga a los colombianos qué es lo que debemos hacer, cuando hemos puesto todos los muertos, y cuál es el esfuerzo norteamericano?”.

En estas dos posiciones se reflejan puntos de vista encontrados. Los que siempre han sido vasallos de las políticas externas de Washington y los que luchan por la independencia y la soberanía nacionales.

Más allá del memorando de Trump, la amenaza de descertificación debe amarrar otros intereses. El horroroso negocio del narcotráfico, estimulado por los norteamericanos desde los tiempos de la guerra de Vietnam, ha producido en Colombia un desastre de inmensurables proporciones. Su solución, claro, es de carácter internacional. Mientras tanto, ha sido, aparte de los millares de muertos que ha ocasionado en Colombia (por no hablar de otros países), una fuente de plusvalías para los consorcios y emporios multinacionales.

Colin Powell, exsecretario de Estado de EE. UU., dijo hace años que a los campesinos sudamericanos no se les puede decir así no más que dejen de sembrar coca. “Hay que proporcionarles los medios para que puedan poner comida en sus platos”. Hasta razón tenía.

 

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