Por: Salomón Kalmanovitz

Las reglas académicas

EXISTE UN INTERESANTE DEBATE sobre la pobreza de las publicaciones universitarias que surge de los malos incentivos que permean la actividad académica en la universidad pública colombiana, muchos de los cuales también existen en las universidades privadas. La calidad de la investigación de ambas ha sido pobre, por decir lo menos.

Si la misión de la universidad es la búsqueda de la verdad, entonces la investigación constituye su savia, su actividad fundamental y la mejora de calidad debe ser su meta, por encima de otras consideraciones. Se trataría entonces de una institución meritocrática que dispone de los mejores profesores y estudiantes.

Idealmente, los profesores deben hacer una carrera basada en el logro como investigadores y docentes; el Estado o su empleador privado deben pagar unas remuneraciones justas y crecientes que reflejen sus aportes: investigaciones, consultorías y docencia de buena calidad. Desafortunadamente, los doctores están muy mal remunerados en las universidades públicas, lo cual va a conducir a que los pierdan frente a las universidades de élite y los centros de investigación privados.

La universidad debe ser gobernada en sus aspectos académicos por sus profesores, quienes deben decidir qué y cómo se enseña. Eso no quiere decir que decidan también sobre su propia estabilidad laboral ni sobre el proceso de contratación. Aunque las razones son obvias, no se aceptan en Colombia. Una estabilidad a toda prueba impide seleccionar a los buenos profesores y salir de los incompetentes, deteriorando la calidad de la educación. El control de la contratación, a su vez, degenera en el endogenismo, que reproduce las taras y vicios existentes entre el cuerpo profesoral de manera exponencial.

El sistema universitario público colombiano se desarrolló sin ponerle límites a la estabilidad. Hay una visión humanista y sindical que la defiende a ultranza, que impide la conformación incluso de comités de ética o disciplinarios para los profesores que, como están las cosas, pueden cometer abusos contra estudiantes o colegas sin consecuencia.

El período de prueba efectivo no existe y una vez firmado el contrato el profesor sabe que puede jubilarse. No puede darse entonces el llamado “tenure” o contrato vitalicio que se lo gana el profesor que ha producido una obra destacada después de un período razonable de tiempo en las buenas universidades del mundo. Acá todos son vitalicios.

Hay casos de alto riesgo moral en las universidades públicas que ofrecen estudios doctorales a sus profesores; bajo el manto del colegaje, obtienen sus títulos con facilidad sin capacitarse mínimamente. A éstos se les conceden generosas descargas académicas y hay casos en que los títulos se obtienen al borde de la jubilación: la universidad pierde de esta manera sus inversiones en “capacitación” y además incrementa su carga pensional.

También ha habido progresos: la Universidad Nacional y la Universidad de Antioquia abrieron concursos internacionales de profesores que permitieron su diversificación y hacerse algo más cosmopolitas; en ellas, los concursos docentes son más serios que en las universidades públicas de provincia, lamentablemente clientelizadas. La mejor calidad docente y la selección de la crema de los mejores estudiantes del país explican por qué continúan siendo líderes.

* Decano de Economía de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

 

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