En vivo: La justicia transicional a dos años del Acuerdo con las Farc

hace 2 horas
Por: Catalina Uribe

Las reinas vírgenes

El poder de la Virgen, como el de las antiguas diosas, reside en su sabiduría y su virtud. Ella es consejera y señora, mentora y patrona, protectora y deidad.

Pero ante todo es virgen, pues es madre de todos y de cada uno. Y nuestra madre no nos concibió en una noche de ardor y pasión o, al menos, así queremos pensarlo. Asimilamos la virginidad de la virgen, justamente porque proyectamos la virginidad de nuestra progenitora.

Pero más allá de la castidad de nuestras madres (o por lo menos de la mía), la virginidad es símbolo de independencia. Una mujer virgen (y no digo ya físicamente) es aquella que, en un mundo de hombres, se piensa como autónoma. Por eso Atenea nació de la cabeza de Zeus, adulta y armada, y permaneció sola a la derecha del Olimpo. También sola gobernó Isabel I a Inglaterra, quien para reemplazar a la virgen que le despojó a los católicos, se hizo ella misma virgen.

El verdadero poder es el poder sobre las mentes. Si se quiere entrar en el imaginario colectivo hay que apelar justo a aquello que tenemos arraigado (para bien o para mal) en el inconsciente. En el nuestro, la independencia es una de las figuras más fuertes, y fuerza es justo lo que tiene que evocar la mujer que empiece a sonar para presidente.

Pero las posibilidades que tenemos están crudas: Viviane Morales no es virgen (la deshojó Lucio); Martha Lucía Ramírez no salió de la frente de Uribe (a duras penas y fue su mensajera) y a Clara López le falta el carisma materno. La madre debe ser dura pero no brusca, fuerte pero sensible, prudente pero auténtica. Hay que ver a la Mutti Merkel y a la mamá Dilma: respetadas, fuertes, populares, pero lo clave: soberanas.

 

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