Por: Julio César Londoño

Las santabárbaras de la civilización

MUY TIMORATA, AUNQUE RUIDOSA como siempre, la respuesta de Chávez a las acusaciones de Uribe: “Vamos a ver si cerramos la frontera… vamos a estudiarlo… estas no son órdenes… son instrucciones…” (¿?)

Acto seguido ordenó a los funcionarios de mayor rango de la embajada abandonar Bogotá, pero dejó al más importante, al Encargado de Negocios. Vociferante, pintoresco, ordinario y todo lo que se quiera, pero no loco.

 Mucho más serio (y calculador) Uribe: primero agotó los canales diplomáticos, esperó con paciencia una respuesta, y cuando Caracas dejó pasar los días sin responder, prendió el ventilador: ¡Chávez está armando a los narcoterroristas!, gritó al mundo con el ceño fruncido y el corazón alborozado.

Mucho más seria y responsable Suecia, que le ha pedido explicaciones claras al gobierno venezolano.

Bueno, es verdad que Uribe puede ser acusado de todo menos de seriedad, pero hay que reconocer que en este episodio está actuando con firmeza y seriedad. Lo mismo vale para Suecia, una nación cuyos artefactos militares terminan con frecuencia en manos de guerrilleros birmanos, afganos o colombianos, para sorpresa de sus ministros, que se llevan las manos a sus pálidas calvas boreales y exclaman ¡Oh, Dios, cómo pudo volvernos a suceder esto! Y empacan a su reina en el primer vuelo al África para que se tome fotos cargando en sus brazos un negrito mutilado por alguna de las 420.000 minas quiebrapatas que fabrica en un año la Unión Europea.

Se calcula que el negocio de las armas mueve US$290.000 millones al año. De esta torta, el 63% le corresponde a Estados Unidos y el 29% a Europa. El 8% restante se lo reparten China, Rusia, India, Brasil, Japón y la mosquita muerta de Canadá. Los países líderes en el ramo son los miembros del G-8.

Aunque es un negocio controlado por las personas más éticas y ecuánimes de la sociedad, los banqueros, no faltan los “torcidos”: en mayo de 2007 el mundo celebró la liberación de cinco enfermeras búlgaras y un médico palestino que llevaban ocho años encerrados en una cárcel de Libia, gracias a la gestión humanitaria de Cecilia de Sarkozy. Después se supo “el guardao” de esta ternura: Libia liberó los prisioneros sólo cuando Francia accedió a venderle cohetes antitanques y equipos de comunicación por US$370 millones. Occidente se indignó, por supuesto, pero finalmente se tragó el sapo de que Francia armara a Muammar al Gadaffi, el célebre dictador, cacorro y terrorista libio (su guardia personal está formada por 45 jóvenes altos, firmes, macizos, de todos los colores y de una belleza casi dolorosa).

Pero la perla es el Irangate, un caso que involucró a altos funcionarios de la administración Reagan entre 1985 y 1986 en una red de tráfico ilegal de armas con destino a Irán, entonces en guerra contra Irak, para financiar la Contra nicaragüense. La triangulación involucró un popurrí de antología: inteligencia israelí, prohombres estadounidenses, santones iraníes, aeropuertos salvadoreños, perica colombiana y cuentas bancarias de la familia Bin Laden. ¡Y después dicen que falta cooperación internacional!

Recordemos que la Contra era una fuerza mercenaria que luchaba contra el ejército del gobierno sandinista, un movimiento revolucionario que el mundo aplaudía por su triunfo sobre el sátrapa Anastasio Somoza.

Conclusión: que tres lanzacohetes suecos sean adquiridos por Venezuela y terminen en manos de un guerrillero colombiano, no es una novedad. Al fin y al cabo las armas que salen de las santabárbaras del primer mundo están hechas para que exploten en el tercero, para consumo de guerrilleros, soldados, terroristas, campesinos, negros, amarillos, blancos, comunistas o paracos, porque el dinero, se sabe, está por encima de estas minucias.

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