Las semillas

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“Nos llevó el patas”, dice desde Bogotá una amiga en el WhatsApp. Y antes de que el servidor del Internet de Emcali, base Miami, se colapse, alcancé a contestarle desde Cali: “Nah, amiga. Estaba saturado de las redes y acabo de salir -mientras se puede- al lindo parque que tengo el privilegio (que debía ser de todo ser humano) de disfrutar cerca de casa. Allí le pregunté a una ceiba veterana, marcada 123 en una placa: ‘Ve, y ¿qué opinás del virus?’ Me contestó despojándose de un algodón leve y volátil que llegó con la brisa hasta mis pies…lo recogí y vi que tenía adentro oculta entre el vilano una semilla negra cargada de futuro”.

El parque estaba lleno. Había pájaros, desde varios halcones hasta una enorme bandada de canarios compartiendo un festín de insectos ribereños del Meléndez con los calumniados siriríes, que son los habitantes estables de la zona; los ibis negros picoteaban sus gusanos. Las hormigas estaban laboriosas remodelando sin refunfuño su refugio que había quedado a la merced de las lluvias de la noche. Las cigarras, cerca del templo parroquial cerrado, estaban encargadas de los coros, modulados según la luz y sombra del entorno; habían salido de su confinamiento de siete años y estridulaban con unas vibraciones como para enloquecer a los perros clausurados intramuros en los conjuntos “cerrados” de la zona. Las guacharacas, que nos sirven de gallo mañanero, estaban reposando, en los samanes y las guaduas, de sus algarabías de alborada; ya, ¡a las diez de la mañana!, cantaban alabanzas a las generosas provisiones del almuerzo. Y lleno estaba el parque hasta los topes de los gigantescos árboles que sobrevivieron al “desarrollo” inmobiliario de la urbe, aguantando firmes los avatares de la Tierra y quizás admirando que ese naranjo advenedizo estuviera amañado, con todo y azahares, o bueno, un azahar, que me encontré en el camino de regreso antes de hincarle el diente al intelecto europeo de Slavoj Zizek.

Zizek es un filósofo, pensador y analista cultural que se dedica a echarle cabeza a los asuntos. Su claridad es admirada y lo cito en traducción de una revista concienzuda:

“La bien fundamentada necesidad médica de establecer cuarentenas hizo eco en las presiones ideológicas para establecer límites claros y mantener en cuarentena a los enemigos que representan una amenaza a nuestra identidad. Pero tal vez otro –y más beneficioso– virus ideológico se expandirá y tal vez nos infecte: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá de la nación-Estado, una sociedad que se actualice como solidaridad global y cooperación”.

El filósofo no se detiene allí y afirma que el coronavirus es un golpe a lo Kill Bill al sistema capitalista que, explicado, significa que el detonante del virus es como el golpe mortal del karateca al corazón del enemigo: dado el golpe, el enemigo vive, bebe, ríe, sufre y, en un tiempo calculado por la milenaria técnica fatal, le explota el corazón. Y uno piensa al leer las reflexiones: si se acabara la producción automotriz, si se acabaran los egoísmos codiciosos y necios, y la cooperación se apoderara del planeta… Y bueno, a aprovechar la natural solidaridad “de terremoto” para beneficio del alma de la  especie humana, y salir renovados para entender mejor este planeta. ¡Quédate en casa! Pero tan pronto puedas, escápate a la naturaleza, la maestra.

PS. Y ¡ojo!, lávate las manos, pero cuida el agua, la fuente de la vida.

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