Por: Arturo Guerrero

Las siembras del XX

Conjunción de planetas. Eso sucede cuando se cumplen un siglo de la Revolución bolchevique y 28 años de la caída del Muro de Berlín. Sube y baja el juego del yo-yo político del siglo XX. En la mitad, en sándwich, las dos guerras mundiales con su cierre espumoso en Hiroshima.

Suma de desastres, cosecha de huesos, campos de concentración y destierros en Siberia. Para todos los gustos. La humanidad ensayó el fascismo y el comunismo como métodos de conducir a las sociedades aplanando a los miembros de esas sociedades.

Nunca antes se había asesinado tanto. Nunca antes se pretendió tamaña matanza planetaria. Medio mundo quiso desaparecer al otro medio, por ser oligarca o por no ser ario. Al final los vencedores fueron vencidos en la URSS y los exterminadores nazis fueron exterminados.  

Una crispación universal atravesó ese siglo de humaredas. Quedan las películas, los libros, la impresión de imágenes funestas en el cerebro de los sobrevivientes del XXI. Somos la carga que nace marcada de sangres.

En ambos bandos persisten los racistas, los que no saben sino odiar —¿odiadores?–, quienes no aprendieron la lección de los astros conjugados. Hoy se levanta una legión de muchachos absortos que hacen música, a veces se suicidan, recorren el mundo como una pequeña casa, sienten grandísimo miedo del futuro, no quieren tener hijos.

La tecnología desaforada se puso a órdenes de führers, generales, comandantes y secretarios generales del partido. Cada tornillo, cada pantalla, cada chip, cada megabyte ofreció la apreciación del globo como una canica cándida. Un botón rojo abría la puerta hacia el infierno de cuerpos y almas.

¿Para qué el amor? ¿Para qué el arte? ¿Pierde su tiempo el sol al aparecer cada mañana? ¿Habrá mañana una mañana? La psiquis humana no había sido construida para resolver estos interrogantes ni mucho menos para encontrarle sentido a la morada en la tierra.

El día en que cayó el Muro se filtró un hilo luminoso entre el caparazón de la guerra. La calle lo logró, la gente bailando y martillando. Fue como el vapor que sale por el único escape de la olla a presión. Existía ese punto de fuga, así nadie lo imaginara. Fue más poderosa la acumulación de libertad mental, que el temor latente.

El derrumbe del artefacto nacional socialista, en cambio, fue resultado de una extra fuerza que pudo más que la fuerza. Se le dio de su propia medicina a Hitler. Se manejaron idénticas cartas, diente por diente. A continuación Europa se distribuyó en territorios obligados a ser países de colores uniformes.

La guerra, las dictaduras, el lobo que es el hombre continuaron su curso, brincaron la barrera imaginaria del milenio. Y aquí estamos, considerando esta historia de la que somos náufragos, mirando atrás hacia las siembras de tempestades que hoy aterrorizan incluso al mismo miedo.

El siglo de la Revolución de octubre en noviembre, el 28º aniversario del Muro desmoronado, la memoria de las dos hecatombes europeas son insignia perdurable de la vida contemporánea. A pesar de nosotros, estamos hechos de esta arcilla.

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