Por: María Antonieta Solórzano

Las soluciones nuevas no son peligrosas

Es llamativo que nos sea tan difícil reconocer que el cambio es inherente a la vida.

Es claro que en virtud de las transformaciones pasamos de recién nacidos a ancianos venerables, de estar dormidos a despertarnos, del Big Bang a la biodiversidad. La vida no se detiene en el ayer, crea soluciones únicas frente a condiciones cambiantes.

Pero nuestras creencias y tradiciones nos invitan a considerar que la resistencia al cambio es normal, de tal forma que nos conformamos con los vicios de nuestras costumbres, aunque suframos en el seno de la familia o de la sociedad, no consideramos que valga la pena ensayar soluciones nuevas a problemas viejos.

No es raro oír que un cónyuge abrumado diga: “No tengo puntos de encuentro con mi pareja, en el fondo no quiero seguir en mi matrimonio, pero me da miedo sentir el dolor de no acompañar a mis hijos; vengo de una familia tradicional, así me educaron y las demás opciones no son para mí, no puedo ser diferente”.

O que un gerente al borde de una crisis en su empresa afirme: “La situación no puede ser más grave, las condiciones del mercado cambiaron y hay descontento entre los empleados. Tal vez sería bueno que pudiéramos funcionar de otra manera. Pero no me atrevo, con los cambios nunca se sabe”.

Y más curioso, cuando se trata de tomar decisiones sobre del futuro de todos, oír a cualquier ciudadano aseverar: “La situación del país es crítica, no se ve la salida fácil, ya hemos ensayado casi todo, pero aunque ese líder tenga ideas avanzadas, nuestro país no esta listo para esos cambios”.

¿Será que podemos atrevernos a aceptar que el progreso y la prosperidad material y emocional ocurren si reconocemos que el cambio es una fuerza amiga? Si no lo hacemos, estaremos condenados a continuar viviendo en la cultura del miedo que mantiene al 80% de las personas en condiciones de sufrimiento e infelicidad.

Podemos confiar en que estamos hechos para adaptarnos al medio externo, en nuestra habilidad para superar la adversidad. En concreto: si la felicidad de todos nos compromete, podemos innovar en nuestras costumbres y romper con las dependencias que nos condenan a la infelicidad y la escasez. Ver que es posible atender amorosamente a nuestros hijos sin sostener un vínculo de pareja tormentoso, sacar adelante una empresa creando bienestar para todos los colaboradores.

Aceptar nuestra verdadera esencia es reconocer la bondad del cambio, así podremos dejar de utilizar soluciones viejas para situaciones nuevas.

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