Por: Arturo Charria

Las tensiones de la memoria en España: lecciones para Colombia

En su célebre ensayo, Tierra y huesos (2009), el filósofo español Manuel Reyes Mate nos advierte que la memoria “cotiza al alza”. La afirmación, fuerte y provocadora, hace referencia al lugar privilegiado que este concepto ha tenido entre investigadores sociales, así como al uso político que se hace de la memoria en distintos espacios de la vida pública española.

Años después y preocupado por este auge, Javier Cercas escribe El impostor (2014), en donde indaga sobre los riesgos de lo que llama “la industria de la memoria histórica”. Lo hace a partir de Enric Marco, un personaje  que representa todo lo que se quería narrar desde la memoria histórica: fue parte del Ejército Republicano durante la Guerra Civil, estuvo en un campo de concentración alemán, hizo parte de la resistencia anarquista en la dictadura de Franco, fue secretario de la CNT en Cataluña, lideró organizaciones civiles en la Transición y luego se dedicó a narrar todas estas “aventuras” en programas de televisión, colegios, universidades, homenajes y conmemoraciones. Él era lo que la sociedad quería significar cuando se pensaba en la memoria histórica. Sin embargo, como Cercas plantea, Enric Marco era un impostor: la mayoría de sus historias eran mentiras o pequeñas verdades adornadas con altas dosis de espectacularidad.  

Javier Cercas no busca juzgar o exaltar a Marco, sino comprender por qué lo hizo, pues no había dinero involucrado en sus mentiras. Cercas tampoco busca negar la importancia que tiene la memoria histórica en la comprensión de un pasado complejo. Por el contrario, su reflexión en El impostor es más profunda y se enmarca en la afirmación que Reyes Mate plantea sobre el lugar privilegiado que hoy ocupa la memoria en las ciencias sociales.

Estas reflexiones que Javier Cercas va enumerando resultan necesarias para un ejercicio crítico de la memoria en Colombia, no sin antes advertir lo polémicas que puedan resultar: 1) Mientras más monstruosa es la mentira, más creíble resulta para el común de los mortales; 2) las mentiras solo pueden darse en un país con una compleja y deficitaria digestión de su pasado; 3) hay una gran parte de la población que quiere tener un relato histórico que encaje con sus expectativas; 4) la sacralización de los testigos y el chantaje emocional pone una barrera moral al momento de analizar los hechos desde la perspectiva del historiador; 5) hay que diferenciar los triunfos de la memoria de los triunfos de la industria de la memoria.

Al igual que en España, en Colombia también la memoria cotiza al alza: es una obsesión para los estudiantes universitarios y un componente fundamental para la reparación de las víctimas; hay cerca de 25 lugares y centros de memoria en todo el país. También hay películas, investigaciones, obras plásticas, artísticas y de teatro, así como murales y toda una narrativa que explora los laberintos de la memoria.  

Por eso resultan importantes los debates sobre el lugar de la memoria histórica en Colombia, no para demostrar su necesidad, sino para comprender las tensiones y disputas que están en su naturaleza misma. De manera que podamos preguntarnos ¿para qué y para quién la memoria? Pues de qué sirven memorias que sólo buscan reproducir posiciones en un país profundamente dividido; o de qué sirve una memoria que sólo circula en espacios homogéneos y que no se piensa desde la pluralidad de audiencias.

No atender a estas reflexiones es ingenuo y le impediría a la memoria ser una aliada para nuestra transición, esa que ha sido inconclusa en países en donde la memoria tiene el peso de ley nacional, como es el caso de la España de Enric Marco.

 

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