Por: Rodolfo Arango

Las tierras: el eterno problema

QUE A ESTE GOBIERNO LE FALTA FORmación política y visión de futuro es cada día más evidente. La anunciada ley de tierras es una prueba de ello.

No parece ser un asunto de mala fe. El Ministro de Agricultura es un hombre probo. Pero los compromisos de su jefe con las ideas del libre comercio y con el favorecimiento a los grandes productores para hacerlos internacionalmente competitivos, no permiten al Ejecutivo dimensionar una solución adecuada al problema de la restitución de tierras. ¿Cómo asegurar la sostenibilidad de los campesinos restituidos e impedir que vendan sus tierras ante la imposibilidad de competir con los grandes productores apoyados por los programas gubernamentales como Agro Ingreso Seguro? Conocedores del tema como Eduardo Sarmiento, Alfredo Molano y Jorge Robledo aciertan al señalar las inconsistencias entre el proyecto del Gobierno y sus políticas económicas con vistas a enfrentar la firma de los tratados de libre comercio.

La reparación integral a las víctimas y el desmonte de la contrarreforma agraria son una necesidad inaplazable para el país. Los ríos de leche y miel que pinta para Colombia el ex presidente y asesor de multinacionales Felipe González no serán posibles si el Gobierno no entiende que la solución al problema agrario debe ser más radical. Antes que por el comercio internacional, el país debería ocuparse de la reconstrucción de los lazos sociales, de la recuperación del mercado interno y de la descentralización del poder económico, político y administrativo. Poco pueden las leyes de extinción de dominio o los procedimientos contra el testaferrato, cuando las víctimas no son suficientemente empoderadas y los intereses mafiosos neutralizados. Nada hay en el proyecto de tierras sobre descentralización, soberanía alimentaria y protección frente a la gran industria en los proyectos del Gobierno.

Ahora que se acerca Navidad podríamos recomendar al alto Gobierno no leer tanto asesor de estrategia militar y dedicar algún tiempo a los clásicos del pensamiento político. Un buen inicio sería leer a Rousseau y a Condorcet. El pensador ginebrino en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres advierte que las sociedades no sujetas al derecho autónomo y reflexivo “darán nuevos yugos al débil y nuevas fuerzas al rico, destruirán sin vuelta atrás la libertad natural, fijando para siempre la ley de la propiedad y de la desigualdad, de una injusta usurpación harán un derecho irrevocable y en beneficio de algunos ambiciosos someterán para siempre a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre, a la miseria”. Por su parte, el enciclopedista añade al diagnóstico de la situación de sociedades depredadoras —como la colombiana—  la necesidad de defender la igualdad real para eliminar la distancia entre los derechos reconocidos por ley y los que los ciudadanos gozan realmente.

La igualdad real implica el derecho a la ayuda positiva de la sociedad. Exige al Estado combatir las causas de la desigualdad: la mala distribución de riquezas, capital, trabajo y educación. No faltan los “realistas” que ven imposible cumplir con nuestros deberes sociales hacia desterrados y víctimas, que desean conservar sus privilegios exorbitantes y que pretenden desmontar el Estado Social de Derecho por costoso. Su estrecha visión política nos conduce al estado de cosas descrito por Rousseau: a sociedades condenadas a vivir en una desigualdad de la peor especie.

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¿Cuántos mártires como Yolanda Izquierdo o Hernando Pérez deberá haber antes de que nuestros gobiernos entiendan las dimensiones del problema de la tierra en el país?

 

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