Por: Juan Carlos Botero

Las traiciones de Álvaro Uribe

Los políticos suelen envolver sus objetivos personales en banderas de grandes causas nacionales.

 El deseo de ocupar un cargo público se llama servicio a la patria. La ambición de poder es la lucha por un proyecto político. La repartición burocrática es el pago por valiosos servicios prestados. Y la financiación de la campaña (por grupos y empresarios que, una vez elegido el político es debidamente cobrada) es llamado el apoyo de amigos solidarios. A pocos les interesa de verdad la patria, desde luego, y no muchos tienen verdadero espíritu de servicio y sacrificio. No importa. Lo que importa es cómo se presenta ante el público la codicia personal, cómo se disfraza la agenda para que se crea compartida por todos, y cómo se adelanta la carrera del político haciéndonos creer que es en beneficio del país.

El más reciente ejemplo de esta duplicidad es la nueva candidatura de Álvaro Uribe. Es la primera vez que un ex presidente aspira a regresar al Congreso, y llama la atención ese deseo después de haber ejercido la presidencia durante más tiempo que ningún otro mandatario en tiempos recientes. Pero ahí está, decidido a recuperar algún tipo de poder, y aunque su objetivo lo llamen El Deseo de Seguir Prestando un Servicio al País, la verdad, lo sabemos, es sabotear, desde el Congreso, la agenda legislativa de Juan Manuel Santos.

¿Tiene derecho un expresidente de interferir de manera tan persistente y entorpecedora en la gestión de su sucesor? La respuesta, claro está, es no, pues aquél ya tuvo su turno de gobernar, y lo elegante, y lo más saludable para el país, es hacerse a un lado y dejar que el siguiente actúe como mejor le parezca.

Además, todos sabemos por qué Álvaro Uribe está decidido a bloquear la agenda del gobierno. Porque fue traicionado por Juan Manuel Santos.

Pero, veamos, ¿en qué consistió esa traición? En remediar los lazos políticos y comerciales con los países vecinos (Santos lo hizo en su primera semana de gobierno), y en nombrar personas que Uribe desprecia. ¿Eran corruptas, acaso? ¿Gente deshonesta que iba a saquear los cofres del Estado? No, son personas trabajadoras, serias, honestas y capaces. A alguien le podrá caer mejor uno que otro, pero nadie piensa que Rafael Pardo, Germán Vargas, María Ángela Holguín o Juan Camilo Restrepo no son personas íntegras y profesionales. Su indignación carece de validez.

No sólo eso: si Uribe se siente traicionado, ¿acaso todo el país tiene que pagar el costo de su cólera, como un Aquíles latinoamericano? Porque cuando un presidente no puede tramitar sus proyectos y reformas, ni sacar adelante su agenda legislativa, eso perjudica a toda la nación. Y si Álvaro Uribe se siente traicionado por Santos, hombre, pues que pase la página de una vez por todas y lo olvide. Que deje gobernar, sin filtrar diálogos secretos y coordenadas militares, torpedeando la gestión a cada paso. Es bastante difícil gobernar un país como Colombia para que además un ex presidente esté poniendo zancadillas. Uribe se siente traicionado, de acuerdo. Pero parece un dictador sensible y dolido, incapaz de dejar atrás sus rabias personales, y capaz de llevarse por delante a todo un país en aras de satisfacer sus deseos de venganza. Y ésa es una traición peor, porque es a la Patria. Esta vez con mayúscula de verdad.

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