Las tres cartas de Colombia

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Me arriesgaré a resumirlo en tres palabras: pedagogía, ingeniería industrial, dexametasona.

En el sudeste asiático y en la Unión Europea, la pandemia está hoy bajo control. Asia lo hizo como debe hacerse: detección inmediata de los contagiados y aislamiento riguroso de las personas en su entorno para impedir que el virus se propague; por eso estos países tienen pocos muertos y por eso —también— necesitaron cuarentenas menos drásticas, tuvieron menos desempleo y menos empobrecimiento. Europa en cambio demoró la respuesta, dejó avanzar la pandemia (Italia, España…), pagó un costo gigante por su cuarentena y al final escaló la estrategia de “testeo-seguimiento-aislamiento” para poder reabrir su economía. Y por su parte los Estados Unidos reabrieron sin tener estos controles epidemiológicos: por eso están en la espiral de muchos muertos y nuevos cierres obligados de la economía.

La lección es evidente: la economía no se puede reabrir mientras la curva de contagios no se aplane, y para esto se necesita un aparato o un sistema de control epidemiológico que Colombia no tiene.

Como vamos, vamos derecho hacia la pesadilla.

Pero hay la buena noticia: en estos cuatro meses se ha aprendido mucho sobre el SARS-Cov-2. Sabemos que un simple tapabocas disminuye el contagio hasta en 95 % (al aire libre), que lavarse las manos con jabón reduce el riesgo en un 45 %, mantener una distancia de un metro, en 37 % y de dos metros, en 73 %... Dicho con sencillez: sabemos cómo las personas del común podemos derrotar la pandemia.

Y es aquí donde vienen las tres cartas que me parece debería jugar un país como Colombia:

Pedagogía. La cuarentena no se puede mantener porque el país no aguanta, así que debemos extremar esas medidas sencillas de distancia e higiene personal que son posibles incluso para los vendedores ambulantes. En vez de las instrucciones confusas, los mensajes cruzados con los alcaldes o las cada vez más aburridas charlas del presidente, necesitamos un gobierno pedagógico en el estilo del de Mockus cuando cambió la cultura ciudadana en Bogotá, una estrategia imaginativa, focalizada y persistente para lograr que más y más personas se ayuden y nos ayuden a que otras muchas personas se libren del contagio.

Ingeniería industrial. La economía tiene que volver a funcionar, pero hay maneras de guardar las distancias. Las empresas y escuelas deben aclarar si están en vacaciones o si deben “reinventarse”; esta es la pregunta del millón, y a ella deberían dedicarse de manera obsesiva nuestros técnicos. Ciudades que funcionen las 24 horas, rediseño de espacios, medidas de bioseguridad, como las que hoy practican los grandes almacenes o las fábricas, tendrían que llevarse hasta los últimos rincones, o sea que un ejército de “ingenieros industriales” debería asesorar al más remoto alcalde y al más pequeño empresario.

Dexametasona. No entiendo cómo funciona esta droga (y si me lo explicaran, tampoco lo entendería); sé que no cuesta mucho y que tal vez reduce la mortalidad por COVID-19 “entre 20 % y 30 %”. Aunque Bill Gates, que sí sabe del asunto, dice que un medicamento necesita un “95 % de eficacia” para acabar con el pánico, creo yo que el Tercer Mundo se resignaría con menos. Quiero decir que no estaría lejos el momento en que aquí veamos el COVID-19 como “otra enfermedad incurable” que de por sí no justifica cerrar la economía. Creo por eso que un gobierno con visión de futuro estaría almacenando dexametasona y dedicando sus embajadas todas en el mundo a averiguar cuáles son los remedios promisorios.

Jugando estas tres cartas tendríamos tal vez el mínimo de muertos y el mínimo de daños a la economía que un país de “renta media” como el nuestro podría tener en medio de la pandemia que hoy arrincona al mundo.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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