Por: Lisandro Duque Naranjo
Lo divino y lo humano

Las uñas de Uribe

Álvaro Uribe acaba de ser acusado por la Contraloría General por haber comprado 103 hectáreas de baldíos no habilitados para negociarse por particulares, y en todo caso un poco antes de que se volviera ilegal. Esto de que lo compró “a tiempo” lo dice él, no la Contraloría, ni el suscrito. Yo me imagino que Lombana y Granados se tuvieron que trastear cerca de Uribe, porque qué clientazo el que se levantaron. No dan abasto.

Muy de su estilo ha sido proceder con rapidez y tener lista una coartada a futuro —y el último futuro fue esta semana—, por si acaso se lo interroga por un acto que, fijo después de coronado, se convierte en punible. Lo salva así la campana. Lo que no debiera ser si se tomara en cuenta que, desde su alta posición, cuenta con información privilegiada para saber dónde ponen las garzas. Cómo recuerda esa transacción, la de la finca La Libertad, hecha por Juan Manuel López, hijo de quien dizque nos ponía a pensar cada que hablaba, el mismo que hoy sale en un billete de los nuevos, que yo, para no guardarlo mucho en mis bolsillos, porque me asquea, me lo gasto de afán, o hasta lo cambio por monedas apenas lo recibo. La compra de La Libertad, una finca aislada, se hizo calladita, antes de que el país supiera que por allí se construiría una carretera. Esa gracia le desbarató al “compañero jefe” su aspiración a repetir Presidencia en 1982. Algo es algo.

Ese modus operandi de Uribe le funcionó cuando sacó adelante proyectos de ley acosando a sus parlamentarios para que votaran “antes de que los agarren”. A sus hijos los azuzó para que compraran de rapidez, con precio rural, tierras que su gobierno después urbanizó, lo que los forró en plata.

Pero además obtuvo, siendo presidente, recursos del Ministerio de Agricultura —el de Uribito, ese mismo—, para su finca El Ubérrimo, sociedad presidida por su esposa. No en vano, según doña Lina, el primer regalo que le hizo en la vida fue un rollo de alambre de púas. Mucha U, como en el soneto aquel de Herrera y Reissig: “Recién la hirsuta barba rubia apunta / Al dios Agricultura. La impoluta / Uña fecunda del amor, debuta / Cual una duda de nupcial pregunta”.

En esto del usufructo del poder para lucro propio, Uribe ha sido un bravero, igual que en su ubicua vulgaridad para cuanto ha acometido. Y si nadie le ha dicho ni mu —a excepción, por supuesto, de nosotros los narcoterroristas castrochavistas— ha sido porque su séquito de varias raleas ha contado con su anuencia para pelechar con mucha alegría.

Una vez estuve en casa de un amigo de infancia, del que se rumoraba que era traqueto, y lo constaté no porque le hubiera encontrado un alijo de algo raro, sino porque sus repisas estaban llenas de fotos con senadores sub judice de por allá de los 90. Le pregunté si acaso tenía fotos con Samper, y me respondió: “Sí, hermano, tengo varias. Pero las escondí para no boletearme”.

Yo no pierdo la esperanza de que quienes tienen selfis al lado de Uribe, más temprano que tarde las quieran borrar. Comenzando por el del matrimonio de Lizcano, en el que el expresidente aparece como padrino. Lo que no sé es si fue tomada antes o después de que el presidente del Senado hiciera el negocio aquel, bastante turbio, con una bomba de gasolina.

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