Por: Gustavo Páez Escobar

Las uvas de Noé

Sorprende el hecho de que, no obstante la severidad de las leyes que se ha acentuado en el país, siguen siendo numerosos y continuos los accidentes de tránsito que se producen por la conducción de vehículos bajo los efectos de las bebidas alcohólicas. En Bogotá, en lo corrido de este año, van 46 víctimas mortales por dicho motivo.

El periódico El Tiempo de este 29 de septiembre reseña varios hechos fatales.  El más reciente, el de una mujer de 38 años, cabeza de hogar y madre de tres hijos, que fue arrollada en la carrera 9ª con calle 120 por un conductor que viajaba embriagado, el cual, luego de arrastrarla cuadra y media y producirle la muerte instantánea, huyó. Más adelante fue detenido por la policía. Al revisar sus antecedentes, se descubrió que hace dos años había sido inmovilizado su vehículo por la misma causa de la embriaguez.

En enero de este año, una joven de 18 años encontró la muerte en la carrera 7ª con calle 50 cuando pasaba la cebra y fue embestida por un vehículo que transitaba con exceso de velocidad y cuyo conductor iba embriagado. Por este hecho, un juez acaba de condenarlo a 4 años y cinco meses de prisión. Años atrás, en la calle 116 con avenida 19, un conductor también embriagado causó la muerte de dos hombres que viajaban en otro vehículo, suceso por el que el Tribunal Superior de Bogotá condenó al responsable a 18 años de prisión.

En cada uno de estas desgracias, y de las que por doquier ocurren a diario, se esconden dramas pavorosos que perturban el espíritu del simple lector de periódico y arruinan la tranquilidad de las familias involucradas en estos episodios. Con todo, la gente irresponsable no escarmienta y sigue incurriendo en conductas criminales, como las anotadas, que pudieran evitarse si se acatan las normas y se respetan las vidas ajenas.

Cuando no son los accidentes de tránsito causados por el alcohol, son los crímenes pasionales, las venganzas a mano armada, las riñas en bares o en la vía pública, y la exaltación, en suma, de la mente perturbada por el licor que lleva a cometer inauditos exabruptos.

Según un estudio reciente, los estudiantes empiezan a beber en el grado sexto (antiguo primero de bachillerato). Lo hacen por igual hombres y mujeres. Al preguntarles a los encuestados por qué lo hacían, el 66 por ciento dijo que por gusto. Y un 9,5 por ciento, por depresión. Los padres, tan permisivos en la era actual, tienen en este desvío social una alta cuota de responsabilidad. El trago mal tomado es camino fácil para llegar al consumo de las drogas alucinógenas.

Mala herencia recibimos de Noé. Según la Biblia, fue el único varón justo que mereció salvarse del Diluvio. Desde entonces, Dios estaba hastiado de la perversión humana, y por eso envió el Diluvio para castigar al hombre. Pero apartó a Noé en un arca donde además iba una pareja de animales de cada especie. Y los puso a navegar por las aguas. Cuarenta días después, regresaron a tierra y en ella no encontraron vestigio alguno de vida humana ni animal.

Hasta ahí todo perfecto. Pero a Noé se le ocurrió llegar hasta unos viñedos silvestres de donde tomó las uvas, sin duda en demasía, y se emborrachó. Luego perdió el uso de la razón. Sus hijos lo encontraron en deplorable estado, y con sus propias ropas cubrieron su desnudez. Por lógica, si hubiera ido al mando de un timón por las calles colombianas, el patriarca hubiera ocasionado desastres espantosos. El alcohol en la Biblia figura en muchas escenas y luego se copió en famosas obras de arte.

El instinto maligno del hombre nunca terminará. Si volviera a presentarse un segundo diluvio, sucedería el mismo capítulo de Noé. De ahí la necesidad de implantar códigos severos para reprimir los dramas sociales. Esos que vemos a diario por nuestras calles o en la intimidad de los hogares. Sin embargo, el hombre no aprende
la lección.

gustavopaezescobar@hotmail.com

 

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