Por: Gustavo Páez Escobar

Las valientes convicciones de Santos

El libro La batalla por la paz, de Juan Manuel Santos, está llamado a ser el mayor testimonio del proceso adelantado con las Farc. El prólogo, del expresidente del Gobierno de España Felipe González, se convierte en elocuente expresión de apoyo al líder colombiano que ha librado ingentes esfuerzos por la consolidación de la paz luego de más de medio siglo de turbulencia pública.

La subversión deja 220.000 muertos, más de 8 millones de víctimas y daños incalculables. Ante semejante panorama, cabe preguntar: ¿por qué ningún Gobierno había logrado ponerle fin a la guerra? Varios presidentes lo intentaron y ninguno lo consiguió. Solo Santos tuvo éxito gracias a su labor titánica y el firme convencimiento de que mediante el diálogo podían lograrse el acercamiento y el consenso de ambas partes.

Si bien Santos había participado como ministro de Defensa de Uribe en los hechos bélicos que permitieron la eliminación de varios cabecillas imbatibles de las Farc, abrigaba la esperanza de hallar solución al conflicto en una mesa de negociación. La clave estaba en saber jugar las cartas, y él conocía muy bien el camino.

Sus dotes de prudencia, astucia, paciencia y firmeza le hicieron ganar el calificativo de jugador con que manejó momentos cruciales de su desempeño en la vida pública. Por supuesto, no ignoraba las artes del Buen Gobierno, rótulo asignado a la fundación en que debatía sus ideas. Y había escrito con Tony Blair, ex primer ministro británico, el libro La tercera vía, que contiene tesis estratégicas para la acción gubernamental que buscaba.

Al llegar a la Presidencia de la nación, su primera medida fue desmarcar su administración de la acometida guerrera adelantada por el gobierno anterior. Bien clara estaba su intención negociadora al anunciar en el acto de posesión: “La puerta del diálogo no está cerrada”. Al nombrar como ministros a Germán Vargas y Rafael Pardo, personas no gratas para Uribe, notificaba el propósito de implantar su sello personal, su completa autonomía.

Santos le dijo al país que iniciaba un mandato independiente y con total libertad ejecutiva. Tal circunstancia le valió el inri de traidor con que Uribe y sus adeptos lo han perseguido en forma implacable. De no hacerlo, hubiera fallado frente a sus planes de buscar otra alternativa de poder. Siempre había sido hombre de convicciones. Sacarlas adelante, contra los grandes riesgos y tropiezos que tuvo que afrontar, significó su tabla de salvación. Y lo hizo merecedor del Premio Nóbel de la Paz.

Quería sacar al país de la barbarie. Ese estado de salvajismo lo muestra el estremecedor documental El testigo: Caín y Abel, dirigido por la productora británica Kate Horne y pasado por Caracol esta Semana Santa, en el que se recogen siete historias macabras que el fotógrafo e investigador Jesús Abad Colorado captó durante 20 años de incursión por la geografía colombiana. Esas imágenes de la guerra presentan a las víctimas del conflicto como evidencias desgarradoras de la crueldad humana. Y claman por la vida y el cese de las hostilidades.

El país está cerca de conseguir la paz, posibilidad que respaldan la comunidad internacional y buena parte de los colombianos. Quienes apoyamos y valoramos la puesta en marcha de los acuerdos de La Habana nos dolemos al mismo tiempo de la pasión sectaria y la ola de mentiras y maledicencia que han obstruido –aunque no destrozado– el programa de la concordia nacional. Hay que salvar la paz.

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