Por: Nicolás Rodríguez

Las ventajas de apodarse bacrim

Tres, cuatro o cinco décadas después de arrancado lo que conocemos como conflicto armado, todavía hay personas que creen que es posible y justo diferenciar con el dedo estatal a las víctimas de los unos por sobre las de los otros.

Años después de condenar, perseguir, acumular y amontonar guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y excesos oficiales de parte de las fuerzas oficiales…

Ahora mismo, por ejemplo, las víctimas de lo que llaman bandas criminales, o bacrim, no son consideradas como tales. Mueren o sufren los embates de hechos violentos, pero hay quienes defienden ferozmente que la suya es una experiencia radicalmente diferente. Cual si hubiesen sido objeto de un atraco violento cualquiera. Y ello, puede decirse, por razones económicas (no hay plata para todos) y jurídico-políticas (se es una víctima si y solo si el acto victimizante se da en el contexto del conflicto armado).

Las víctimas de las bacrim, pese a extorsiones, homicidios selectivos, reclutamientos, violaciones y desapariciones, no califican entonces en esa estrecha, ilusoria y estratégica demarcación. Poco importa que a las propias víctimas les sea cuasi imposible identificar a sus victimarios. O que exista un deliberado propósito de oscurecer las autorías.

En las bacrim todo lo político (un toque de queda por aquí, un desplazamiento por allá) viene arropado en lo narco. Es el mundo natural de la contaminación. De los bemoles y los grises. Hacen lo que otros hacían pero el Estado no las reconoce como a esos otros, los paramilitares, que si se aliaron con lo narco, también provenían de lo claroscuro.

Las leyes nunca le adjudicaron carácter de delincuentes políticos a los paramilitares, pero sí reconocen como parte del conflicto a sus víctimas. Por supuesto, no ocurre lo mismo con las bacrim. Y toda esta negación de su estela de violencia, con un objetivo, ese sí diáfano: desconocer el hecho de que muchos paramilitares se reencaucharon. Por ello es que las víctimas de las bacrim, la palabreja esa que terminó por convertirse en comodín estatal, pagan con su invisibilización las mentiras y cálculos políticos de terceros.

Bacrim, el amuleto conceptual que permite que por la vía de la insistencia en el componente criminal de las bandas, se omita que como con cualquier aventajado descendiente del fenómeno paramilitar, estas también han logrado inmiscuirse en la política, las fuerzas del orden, la justicia y la institucionalidad. 

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