Por: María Antonieta Solórzano

Las víctimas viven para siempre

Cuando la confianza se rompe en una relación personal o institucional, sabemos que la traición es la protagonista que ha herido de muerte ese vínculo y que su recuperación, si es que ocurre, podría ser muy larga.

Que en nuestra sociedad la traición se haya convertido en una experiencia cotidiana es tan alarmante que podría decirse que los victimarios nos han llevado a vivir en una ‘sala de cuidados intensivos’.


Tanto las víctimas como los que sentimos el dolor del otro como si fuera propio, nos cogemos la cabeza a dos manos cuando nos enteramos de que un adulto viola niños, que un padre abusa sexualmente de una hija o que en una institución como el DAS se vende la información, poniendo en riesgo la vida de las personas que trabajan dentro de la misma entidad.


En esas circunstancias, las emociones que nos invaden son fuertes. La indignación se mezcla con la náusea. Requerimos de un gran esfuerzo para adherirnos a nuestros valores y mantenernos dentro de ellos. Nos sentimos paralizados, impotentes o resignados y pensamos que como individuos solos y aislados no hay mucho que podamos hacer para detener la ignominia.


Pero las víctimas no pueden quedar abandonadas ni convertirse en una estadística de Medicina Legal. Necesitan que su red familiar y social muestre de manera clara y explícita su solidaridad, para que no quede duda de que su padecimiento tiene doliente. Así como las Madres de la Plaza de Mayo se han reunido por muchos años, manteniendo viva en la sociedad argentina la memoria de sus seres desaparecidos.


Hoy en día hay redes de apoyo para niñas que fueron abusadas y mujeres que fueron violadas, donde se les da la oportunidad de contar su historia frente familiares o terapeutas que las acogen y las acompañan a trascender los sentimientos de culpa (que paradójicamente esta estructura social carga sobre las víctimas) y, además, a sanar la rabia, el resentimiento y la impotencia de sentirse traicionadas.


Pero, mas allá de la sala de urgencias, hay grupos humanos que cuestionan y denuncian la raíz del problema: las costumbres patriarcales en las que la búsqueda del poder sobre el otro se convierte en una cruzada legítima. Violar niños y niñas es uno de los más devastadores síntomas de la búsqueda de poder sobre el otro; vender la vida de los compañeros de trabajo también lo es.


Nosotros y nuestros descendientes merecemos la oportunidad de construir una sociedad donde erradiquemos para siempre la experiencia de ser víctimas. Las memorias de las víctimas en ‘la sala de urgencias’ pueden aportar a la creación de una nueva historia en la que el poder de la conexión valiente y serena con los otros reemplace las violencias del ‘poder sobre los otros’, tan valorado en el mundo patriarcal.

 

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