Por: Arturo Guerrero

Las victoriosas revoluciones fracasadas

Suele decirse que la revolución juvenil de los años sesenta fue fracaso porque no destruyó la vieja sociedad ni instauró un mundo de paz y amor.

Se estima también que el feminismo derivó en secta culpable del puntapié contra el lenguaje, encumbrado hasta el colapso estético de ´los millones y las millonas´ del presidente Maduro.

Muchos se quejan porque luego de la derrota del nazismo, surgió Estados Unidos como potencia hegemónica que aplastó pueblos y diseminó guerras. Otros deploran la caída del Muro de Berlín y la consiguiente extinción del comunismo, pues como consecuencia se impuso el neoliberalismo o capitalismo salvaje.

Es como si la historia no tuviera remedio, como si tras cada ensayo de luz advinieran nubarrones engullidores de esperanzas y de vidas inspiradas.

El destino del planeta pareciera ser el eterno retorno a lo siniestro. Y cada generación se juzga más cercana a la desilusión que la de los padres frustrados y avinagrados.

El poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum -¡siempre los poetas!-, al calificar la historia desde el punto de vista de sus colegas, creadores de visiones, enunció la siguiente inteligencia que ilumina la paradoja descrita:

¨Si bien hay escritores que no lograron cambiar la sociedad, al menos cambiaron la sensibilidad¨.

En efecto, ¿quién duda de que la canción ´Imagine´ representa un triunfo del ángel sobre las tinieblas de la primera mitad del XX? Con seguridad nadie quisiera volver a la reciente edad en que las mujeres, como antes los indios, no tenían alma.

Las revoluciones de jóvenes y mujeres duplicaron o triplicaron el género humano. Desde sus guitarras, píldoras anticonceptivas y libertades, hicieron escuchar la ciudadanía de miríadas de seres que no habían conseguido satisfacción.

Y esta perturbación universal se realizó ´con una pequeña ayuda de mis amigos´.

La derrota guerrera y simbólica de las dictaduras fascistas y comunistas evidenció la voluntad de impedir que cualquier dogma, prevalido de fuerza de cañones, lograra abrumar el orbe.

Entre holocausto y Gulag, los contemporáneos les pasaron cuenta a las nuevas inquisiciones y emplazaron en sus tripas rechazo molecular al horror.

El hecho de que el diablo sea astuto y tras cada paliza idee calderas, tridentes y candelas desconocidos, no anula el empuje de sucesivas sublevaciones calificadas con disparate como fracasos.

El capitalismo de hoy no succiona sangre de obreros. Simplemente los desecha, los ningunea, no los necesita como antes. Pero a los proletarios del XIX hoy se suman los jóvenes y mujeres, nervio de los indignados que diluyen sus bases.

Cada vez ricos y pobres están más lejos, la corrupción no perdona el color de los regímenes, la naturaleza se deseca bajo retroexcavadoras glotonas. No se ha logrado cambiar la sociedad.

Pero esta sociedad piensa y percibe distinto. El taladro de tantos idealistas transformó la sensibilidad de una época. Los sospechosos de siempre son hoy ogros identificados.

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