Por: Catalina Uribe Rincón

Las visas (in)humanitarias

Ana Frank y su diario siguen recordándonos los horrores que vivieron muchos judíos para evitar ser enviados a los campos de concentración. Durante dos años, Frank estuvo escondida junto con su familia y otras cuatro personas en un ínfimo anexo antes de ser descubiertos por agentes de la Gestapo. Todavía no se sabe quién los delató. Lo que sí sabemos fue quiénes los protegieron. Los Frank y los otros cuatro judíos contaron con la ayuda de personas generosas que arriesgaron sus vidas para que ellos pudieran sobrevivir en el pequeño cuartillo. Miep Gies y su esposo Jan, Victor Kugler, Johannes Kleiman y Bep Voskuijl se encargaron de conseguir la comida, de desaparecer la basura y de llevar libros al escondite con incansable disciplina y extremada precaución.

La primera regla de las analogías es no perder las proporciones. El holocausto nazi es difícilmente comparable con cualquier otro episodio de horror. La sistemática crueldad con la que se persiguió, torturó y asesinó a judíos no se puede banalizar con excesivas y desmedidas comparaciones. Sin embargo, hay eventos concretos que deberían alertarnos de que algo anda muy mal. En el continente americano hay dos ejemplos alarmantes: uno, el trato estadounidense a los migrantes indocumentados; dos, el trato que están comenzando a vivir los migrantes venezolanos por parte de países latinoamericanos. Desde el pasado 26 de agosto, Ecuador se sumó a los países que les exigen visa a los venezolanos. La llamada “visa humanitaria” cuesta US$50 (aprox. 17 salarios mínimos en bolívares) y exige documentos como el pasado judicial, el cual es emitido por el mismo gobierno del que están tratando de escapar.

Es verdad que recibir el peso de una migración masiva no es fácil. Se requirió de cinco personas para auxiliar a ocho. Miep, Jan, Victor, Johannes y Bep ya estaban sufriendo el peso de la guerra. Los Países Bajos no se unieron a los nazis; fueron invadidos en 1940. No había trabajo y escaseaba la comida. Pero la dificultad no los disuadió de hacer lo correcto. El presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, por el contrario, prefirió ayudar sólo a los suyos. Cuando asumió su cargo, Roosevelt se enfrentó a los desempleados de la Gran Depresión. Un cuarto de los adultos en edad de trabajar no tenían empleo. La situación era crítica y Roosevelt rechazó a aquellos migrantes que representaran una carga para el erario.

Roosevelt fue reelegido cuatro veces. Durante todo ese tiempo, menos del 20 % de los solicitantes de asilo fueron recibidos. Barcos enteros de migrantes judíos fueron devueltos a Europa. Roosevelt murió sin conocer los detalles de los campos de concentración. Sin embargo, estaba al tanto de la violencia antisemita como nosotros de la situación de los venezolanos. Colombia está haciendo lo suyo y lo está haciendo mejor que muchos. Pero ahora, en víspera de elecciones, ya tenemos a algunos míseros políticos capitalizando miedos. La región debe unirse para ofrecer una mejor ayuda. Alertémonos cuando oigamos hablar de cuotas o de visas. Ayudar cuesta; todos menos Miep pagaron cárcel. Pero si ellos pudieron, nosotros también podemos.

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2019-09-07T00:00:00-05:00

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2019-09-07T00:51:51-05:00

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