Por: José Fernando Isaza

“Laudato si”

Era de esperarse que la encíclica del papa Francisco tratara sobre la ecología. Lo había anunciado, cuando tomó el nombre de quien la Iglesia considera el patrono de la ecología, san Francisco de Asís.

La Encíclica no se limita al tema del cambio climático y la degradación del ambiente. Es un audaz intento de conciliar la religión con las interrelaciones de los sistemas físicos-químicos-biológicos-ecológicos-sociales-políticos-económicos. Antecedentes se encuentran en la obra de Leonardo Boff, obispo católico, quien por abrazar la teología de la liberación y apartarse de algunos dogmas fue excluido del ejercicio sacerdotal. Los textos de Boff sobre San Francisco, sobre la unidad cósmica dado que en un instante -el big bang- todo estuvo conectado, atraen aún a los no creyentes.

En la encíclica el papa menciona las necesidades de un diálogo entre la ciencia y la religión, y señala que “sobre muchas cuestiones concretas la Iglesia no tiene por qué proponer una política definitiva”, un viraje en U, en relación con la tesis que en el diálogo ciencia-teología, aquella debía someterse a esta.

La percepción religiosa tiene impacto sobre las políticas para afrontar el calentamiento global. Los militantes de partidos de derecha tienden a creer que el impacto de la actividad humana en el cambio climático no es determinante. Los fieles de las religiones más apegadas a la letra bíblica piensan que el efecto antrópico en el aumento de la temperatura atmosférica no es significativo.

En la Encíclica se aceptan las conclusiones del “Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático”, en el sentido que la actividad humana es hoy el factor más relevante en el aumento reciente de la temperatura atmosférica. La Encíclica menciona que también hay otros factores que modifican el clima planetario.

La temperatura atmosférica creció en un 0,4°C entre 1850-1970, dando fin a la llamada pequeña glaciación; este aumento no puede atribuirse únicamente al CO2 antrópico. Entre 1930-1970 la temperatura no mostró variación significativa. En los años 70 la preocupación científica estaba dividida entre que se retornaría a una pequeña edad de hielo o a un crecimiento de la temperatura. A partir de 1980 es más clara la evolución creciente de la temperatura y el aumento de la concentración del CO2 atmosférica, por causa de la actividad humana.

La Encíclica hace explícito un nuevo pecado, que puede llamarse pecado ecológico. “Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica de la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático o destruyen sus zonas húmedas. Todo esto son pecados”.

Es conveniente que la familia política del alcalde, si es creyente, se dé cuenta que degradar el humedal de La Conejera no sólo ataca la biodiversidad, sino también comete un pecado.

En aras de la equidad, una de las políticas del alcalde sobre el derecho al agua potable está avalada por la Encíclica. “El derecho al agua potable y segura es un derecho humano básico fundamental y universal”. El que peca y reza empata.

En otra ocasión comentaré puntos de la Encíclica, en los cuales se emplea la fe como argumento de autoridad dejando de lado el aporte de la ciencia.

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