Por: Julio César Londoño

¡Laureano vive!

Don Miguel Gómez Martínez, nieto de Laureano y sobrino de Álvaro Gómez Hurtado, excreta en Portafolio una columna feroz contra los indígenas. La pieza se llama “Minga empresarial”, no tiene desperdicio y comienza así: “Propongo una minga de empresarios y sector productivo del país. Pidamos que la ley tributaria no aplique en nuestros negocios, que el Congreso no pueda legislar en ninguna materia que tenga que ver con los asuntos empresariales. Exijamos el desmonte de la DIAN y declaremos que no estamos obligados a respetar ninguna norma que nos parezca absurda. Equivalente a estas peticiones es lo que los indígenas de la minga del Cauca le están pidiendo a Iván Duque”.

El señor Gómez cree ser irónico. En realidad es cínico porque él mejor que nadie sabe que las leyes tributarias y el Congreso bailan al son que toque el lobby de los grandes empresarios, que ellos son los mayores responsables de la billonaria evasión de impuestos y que no respetan ninguna norma, ni absurda ni lógica, ni siquiera las leyes de la economía de mercado, como lo demuestran la concentración de la contratación pública, monopolios como los de la televisión comercial y el transporte aéreo, y las continuas sanciones a los carteles del azúcar, los pañales, los cuadernos, la telefonía, el cemento, etc.

Reconoce que son lamentables los índices sociales de los territorios (“esas lejanías”, como las llamaba su tío), “pero no es por falta de presupuesto: es que los indios se roban los cuantiosos recursos que el Estado les gira y cuando el dinero se agota regresan a la minga y bloquean la carretera”.

Sin el más mínimo rubor, el nieto de Laureano afirma, como los virreyes antes o el mindefensa ahora, que los indios son agresivos, borrachos, subversivos y narcotraficantes que abusan de la generosidad del Estado.

La obvia conclusión de muchos estudios, que la economía y la paz de la nación pasan por el desarrollo integral del campo, debe parecerle a Gómez un embuste comunista y medieval. ¿A qué citadino puede importarle lo que pase en esas lejanías?

Con un candor que estremece, afirma: “Nunca he visto a los empresarios hacer huelga”. Pero tiene razón: yo tampoco he visto una manifestación de cacaos protestando contra las medidas que les dictan a sus correveidiles: el presidente, los ministros y los congresistas. Tampoco ha visto don Miguel protestas de “trabajadores formales o informales” (¡en qué puto país vive este señor!). “Los que protestan son siempre los mismos empleados públicos que gozan de seguridad en el empleo y no están sometidos a ninguna evaluación de resultado. Son los estudiantes que empiezan su carrera, renegando por todo, sin asumir ninguna responsabilidad”. Y cierra el párrafo con una frase pretensiosa: “Posan de ser el futuro cuando tienen cara de ser un nuevo pasado”. Bruto pero retórico.

La columna termina con un párrafo conmovedoramente chueco: “Los que protestan le apuntan a capturar los recursos que producen los sectores que no están en la calle pidiendo lo que no se han ganado. Tenemos un país donde un porcentaje creciente de la población cree que tiene derecho a todo y que se lo deben dar sin excusas. Hay demasiados pidiendo y los que producen no dan más”.

Traduzco: la filantropía está matando la empresa nacional, arruinada porque el Estado atiende de manera pronta y generosa, con los puntuales impuestos de los empresarios, las exigencias de los indios, los empleados públicos y los estudiantes.

Es deprimente que un señor con este nivel de pensamiento y redacción haya ocupado altos cargos en la banca y el Gobierno. Lo grave es que medio país piensa exactamente como él.

 

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