Por: Santiago Gamboa

Lavar las palabras

Lo decía Cortázar en una conferencia: a las palabras, de vez en cuando, también hay que lavarlas, pues con el uso (y el mal uso) pierden su brillo, su valor y su verdad. Lo pienso estos días en que se oye opinar tanto sobre las marchas. Las palabras ya están, literalmente, sucias, acabadas y gastadas. Violencia, polarización, terrorismo, protesta, ¿saben, quienes tanto las usan, qué quieren decir realmente? Pareciera que no. Tras la muerte de Dilan todo el mundo condena la violencia, claro, pero agregan de inmediato: “Las violencias de lado y lado”. Esto, dicho por Uribe y el sub Duque, se repite como una muletilla, “las violencias de lado y lado”, como si fuera igual que a un policía lo sorprenda un grupo de encapuchados y le den una paliza, a que un policía le dispare en la cabeza a un estudiante. Yo digo que no, que no es igual. Un policía es un agente del Estado entrenado para combatir a los violentos, ese es su trabajo. Por eso tiene un casco, chaleco antibalas, peto semirrígido y botas, además de armas. Si lo derriban a empujones y lo golpean es porque algo salió mal, o no se calculó el peligro, o su esquema de despliegue no estuvo bien planeado. Pero su trabajo es ese y el error es la paliza o la herida grave; en países duros como este, incluso la muerte. Lo mismo que a los soldados. Sin dejar de ser triste o lamentable, es algo que está en su agenda diaria.

El estudiante, en cambio, no tiene preparación para la violencia, pues ese no es ni su objetivo ni su hábitat. Hay violentos y capuchos, claro, pero no era el caso de Dilan ni el de la gran mayoría. Tampoco fue el de esa jovencita a la que un agente del Esmad le pegó una patada en la cara, so pretexto de que tenía un improbable cuchillo. Incluso si lo tuviera, un robocop de esos debería tener otras formas de desarmarla. Por eso la violencia no es igual “de lado y lado”. De un lado es un delito y del otro un crimen de Estado.

Lo mismo sucede con el término “polarización”, que ya todos usan como sinónimo de “opinión contraria”, pero sumándole una connotación culposa, como de oscuro cálculo político, ruindad o bajeza. Si alguien está en desacuerdo con Uribe o el sub Duque, “está polarizando al país”. No, señores, no está polarizando. Está expresando una opinión contraria. Si alguien defiende la protesta, ellos responden diciendo: “La polarización está acabando con Colombia”, lo que, en sus mentes, quiere decir: “Las opiniones contrarias están acabando con Colombia”. Ya se imaginan lo que piensa Uribe, con esa nueva voz quejosa, como de pastor evangélico sorprendido in fraganti que tiene desde que la Corte lo indagó, cuando dice: “¡Acabemos con la polarización!”, que en realidad es: “¡Acabemos con los que piensan diferente!”. Con las marchas, el vínculo culposo se extiende a la protesta en general, de modo que si yo invito a la gente a salir a marchar porque creo que es lo correcto (y lo creo), entonces soy un “agente polarizador”, casi un terrorista y, por arte de magia, los excesos de policías y capuchos se transfieren a mi cuenta. Una suma de ignorancia con interés, o de ignorancia a secas. Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿a quién le conviene toda esta confusión, en medio de manifestaciones que ya son cotidianas?

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2019-11-30T00:00:49-05:00

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