Por: Carlos Villalba Bustillo

Le huyeron a la bola de candela

En lo más álgido de la crisis por los hechos atribuidos al magistrado Jorge Pretelt, los togados de la Corte Constitucional, aturdidos por el vendaval que los sacudió, solicitaron una cumbre de poderes para ponerle fin al estruendo que produjo la denuncia del abogado Víctor Pacheco.

El puente largo de San José (21, 22 y 23 de marzo) facilitó el deseo de ocho de los nueve jueces de la corporación, pero, en lugar de solución, un velo inesperado hundió las cosas en otro misterio.

El 20 de marzo Pretelt había descargado sus aruños de gato acorralado contra sus colegas y el fiscal, y la Corte había anunciado una audiencia pública de rendición de cuentas para hablar de sus logros y revelar nombres de altos funcionarios del Estado que hicieron lobby en sus despachos. Creó una expectativa que aumentó las tensiones.

¿Se asustó el Gobierno con lo que aún quedaba en las aspas del ventilador de Pretelt? ¿Que contara, por ejemplo, que fue asediado por el presidente para proferir el más polémico de sus “fallos históricos”? ¿O que saliera a relucir el nombre del ministro Cárdenas, con registro de entradas, entre los lobistas de alto turmequé? ¿O el de un nuevo ministro por su interés en el resultado de una tutela instaurada contra un laudo arbitral?

Lo cierto fue que tres días de deliberaciones secretas sólo sirvieron para que el presidente desautorizara a sus ministros del Interior y Justicia, que le habían pedido la renuncia a Pretelt, y para que la Corte se chupara de revelar los nombres de los altos funcionarios que fueron en pos de decisiones cruciales y convirtiera la rendición de cuentas en otro encierro con escenas pregrabadas para suministrar cifras.

Pretelt alimentó su indignidad con un segundo aire, increpó al Gobierno sin contar todo lo que sabe y lo que se reservó empezó a tener más valor que lo que había boqueado. Gobierno y Corte bajaron el moco, en perjuicio de la independencia de ésta, pero Santos y los lobistas con investidura no fueron chamuscados por la bola de candela desatada por la supuesta coima del magistrado que presionaba tutelas, engavetaba procesos, adquiría tierras de despojo, se hacía adjudicar baldíos de manera ilegal y manejaba la burocracia de la Fiscalía en Córdoba.

Todo terminó en dos baldados de agua fría y nadie pidió más de lo que “los grandes” de los tres órganos del poder nos dieron en frustración y desencanto. Así, con la complicidad de la penumbra, dándonos con la puerta en las narices, se protegieron los autores preeminentes de una historia de bajo fondo político que se coció “para preservar la estabilidad de las instituciones”. Las instituciones son ellos, con sus fachadas de catedral y sus interiores de pesebrera.

El epílogo del paso de zarzuela pudo ser el “mico” que garantizaría la impunidad a los magistrados vagabundos. ¿Quién se lo colgó al equilibrio de poderes? ¿Los conservadores cínicos que defienden al copartidario Pretelt por su presunción de inocencia? ¿El Centro Democrático, cuyo jefe lo ternó para que dejara la estela de lodo que desasosegó el airado tumulto de su malandrinaje?

El discurso escrito por Néstor Humberto y leído por Santos el martes 24 de marzo le dijo a Jorge Ignacio: tranquilo, san Pretelt. Ya no beberemos de la sangre que te derramó Pacheco. Tomad y bebed, en cambio, de nuestro cáliz de paz. Hacedlo —vos que sois próspero y honrado— en conmemoración de la Prosperidad Democrática.

 

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