Lea y deje leer…

Si los colombianos del común leemos en promedio un libro al año, yo no me preguntaría por qué no leemos más (o menos), sino qué y cómo leemos.

¿Qué nos acerca a la lectura y a qué tipo de libros? Leemos lo que nos recomienda un amigo, un familiar, un vendedor ambulante en un semáforo (antes de que MIRA los prohíba), una presentadora de televisión, o, en el mejor (o el peor) de los casos, lo que nos sugiere (impone) un diario o una revista de esas que llaman “especializada” en el tema. ¿Cómo formamos nuestros propios criterios para leer? Salvo algunas honrosas excepciones como la campaña ‘Libro al viento’, se lee muy poca literatura.

Lo que más se lee son “memorias” y/o “autobiografías”, que como dijera alguna vez el escritor chileno Roberto Bolaño, es el género más mediocre de América Latina. Se lee más por morbo (privado y/o público) que por deseo. Mi punto es que, por lo menos en mi caso, leo y me dejo aconsejar por mi “librera de cabecera”. Para mí, los libreros son el eslabón (cada vez más) perdido en la cadena (no me gusta esa palabra, demasiado “ingenieril” como yo) de los libros. Si no fuera por mi librera sólo leería libros (¿?) de administración e ingeniería. Por ella, leo libros de ficción, ensayos sobre temas diversos, que van desde ecología hasta hedonismo, y de vez en cuando me atrevo a descubrir un poeta.

Incluso, cuando estoy de “buenas pulgas”, por qué no reconocerlo, me dejo guiar a una que otra autobiografía como la de Wiesenthal, que no está tan mal. Cuando era joven mi radar de libros fue el Magazín Dominical de El Espectador. Leí muchos libros que se sugerían allí (de Kundera, Rulfo, Calvino, Gómez Jattin, Gunter Grass, etc.) De no haber sido por ustedes, y ahora por mi librera, quizá nunca hubiera pasado de la “sección” de los más vendidos, best sellers de todo “pelambre”, que suelen no llevarnos a nada. A veces los comentaristas de libros se dedican, o bien a destruir a los autores, cualquiera sea su “membresía”, o a decirnos por todos los medios posibles qué no leer, o bien a ser simples mercaderes de las editoriales, sin  independencia crítica. Sea esta la ocasión para hacerle un guiño público a El Espectador para que se anime a orientarnos en nuestras lecturas. Ojalá contando con plumas diferentes a las consabidas “vacas sagradas” de siempre.

 Javier ‘Pepe’ Ozuna. Bogotá.

La tortura

Leyendo El Espectador de ayer, encontré en la página 6 un informe de la OMCT (Organización Mundial Contra la Tortura). El titular era concluyente: ´Colombia, un país que tortura´. En esta época de celebraciones patrias, en la onda teológico-militar-política, es una noticia inconveniente. Estoy seguro que a todas las personas que invitan a llorar sólo de alegría y orgullo patrio, no les sonará nada bien saber o recordar que Colombia, a pesar de que siempre digan que es “uno de los países más felices del mundo”, “el mejor vividero” (¿será por “lavadero”?), o que “Colombia es pasión”, y superficialidades de ese calibre, es también el país con mayor número de desplazados, y en este caso, uno donde se practica la tortura a diario.

El artículo de Laura Ardila de El Espectador me motivó a continuar la lectura sobre la OMCT. Cuál sería mi sorpresa al ver que la mayoría de páginas en internet me llevaban a la OMC y la OMT. Comercio y turismo, pero no tortura. Azares de la vida, pensé después. Sin embargo, analizándolo bien creo que sí hay una estrecha relación. La mayoría de la gente (digamos un 82%) prefiere pensar sólo en negocios y turismo, y no quiere saber nada de torturas. Gracias a El Espectador por permitirnos conocer y saludar la llegada de Eric Sottas, director de la OMCT a Colombia. Bienvenido señor Sottas, aunque los ciudadanos del común no podamos hacerlo “legionario” de nada ni darle cruces de ningún “pelambre”, reciba nuestros agradecimientos por no dejarnos olvidar que en Colombia, en el último año, se han presentado: “Ataques contra mujeres en Cali, persecución y hostigamiento en contra de líderes de derechos humanos, campaña de difamación contra Iván Cepeda, desaparición de Guillermo Rivera, asesinato de Jesús Caballero, etc.” (www.omct.org).

Sin embargo, disiento del señor Sottas en un punto, pues según él, “no miramos quién perpetra el crimen, sino a la víctima”. Creo que hay que mirar las dos, y enfrentar la búsqueda de la verdad sobre los responsables intelectuales de crímenes de lesa humanidad. Ahora que se habla tanto de implantar la cadena perpetua en Colombia para “proteger” a los niños, no puede olvidarse que la gran mayoría de violadores son padres de familia, hermanos, tíos, vecinos y amigos cercanos de la familia de los niños. Violadores en serie como Luis Alfredo Garavito, ahora bajo una “piel” de cristiano (¿sólo ahora?) ocultan la verdadera realidad de la violencia sexual contra los menores. Así que, no mirar a los verdugos equivale a ser cómplices de lo que ocurre. 

Gabriela Amar. Bogotá.

La crisis actual 

Hasta hace poco tiempo la coyuntura económica internacional vino presentándose como un ciclo de corto plazo en cuanto a caracterizarla como una turbulencia financiera que conduciría eventualmente a una contracción del consumo interno de los EE.UU., cuestión originada por la moratoria de los pagos hipotecarios. Se creyó que tal circunstancia se corregiría suministrando liquidez a las economías, tal como ocurrió con las autoridades bancarias centrales de Europa, Japón y los EE.UU.

La verdad es que la crisis ha implicado aspectos más profundos del funcionamiento global del capitalismo y se está transitando por la transnacionalización tanto de las finanzas como de la producción en manos de las empresas multinacionales.

En estas condiciones, las políticas económicas tradicionales y los instrumentos utilizados hasta ahora no parecen generar los resultados esperados, en la medida en que no logran tocar y modificar la causalidad de la crisis mundial.

Orlando Gutiérrez Rozo. Bogotá.

 

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