Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Leandro, dios coronado

“¿A ti te gustan los vallenatos?”, me pregunta mi amiga Isabel Barragán mientras le empegoto la espalda con bronceador. “Solo me acuerdo de cuatro versos”, y, en vez de cantarlos (tengo oído de artillero), los declamo con todo el corazón: “El mismo cerro lleno de tristeza / las mismas calles llenas de recuerdos / la misma torre vieja de la iglesia / dándole bienvenida al forastero”. Adivino que Isabel sonríe: “Mi novia y mi pueblo, de Rafael Orozco con el Binomio de Oro, un nido de amor”.

Estamos en el fragor de la eterna primavera en el valle de Aburrá. Temprano, sol solecito, caliéntame un poquito. A media mañana, ay, maricón, no me quemes tantito. Y después del mediodía, que llueva, truene, relampaguee. Por ahora, me engolosino con la simetría del cuerpazo de Isabelita. Estira un brazo hacia un bolso de Cumare, la marca artesanal de la que ahora está enamorada. Saca un libro, obvio: Leandro, de Alonso Sánchez Baute, en Alfaguara. “¿Qué es eso?”, pregunto sin dejar de embadurnarle cada curva. “Es la biografía-historia-leyenda del más grande de los componedores de vallenatos, Leandro Díaz”, dice ella, me indica un punto al final de su espalda al que le falta crema y me cuenta lo que ha leído.

“Leandro nació ciego, una nata azul y blanda en vez de ojos. Sus padres, de cuyos nombres no quiero acordarme, lo despreciaron, menospreciaron, pordebajearon como si fuera una bestia del corral. Pero Leandro no se dejó achicopalar. Aprendió a ver el mundo con los otros cuatro sentidos y gracias a su tía Erótida…”. “Perdón”, interrumpo, “¿la tía qué?”. “Erótida, como Eréndira, la de García Márquez”, suspira Isabel. “No entiendo”. “Deja así, Mejillón”, y no queda claro si se refiere a mi confusión o al bronceado. “Erótida le enseñó todo…”. “¿Todo?”. “Todo, todo, todo”, me cachonea.

Después, con el canto de los pájaros, al cieguito le llegó la música y se volvió componedor, o sea, compositor. “¿Quién en este país no ha oído Matilde Lina o La diosa coronada?”, se pregunta Isabel. “¿Quién no ha sollozado con las amarguras del pobre Leandro en A mí no me consuela nadie? Yo intento aprenderme los nombres de los habitantes de Tocaimo en ese memorial de fraternidad que son Los tocaimeros”. Emocionada, Isabel se voltea y empieza cantar: “Señores, les vengo a contar / la gente que habita en Tocaimo / y a todos los voy a enlazar / en este merengue cantando”. No oigo nada, lo juro, me quedó turulato ante sus senos desnudos.

Leandro, el libro, es un paseo largo, cadencioso y dulce”, sigue Isabel. “Doscientas cuarenta páginas de amor, gratitud o comprensión. Alonso coge datos y hechos de la vida ordinaria, esa en la que no hay poesía ni metáforas, y los cuenta a su manera tersa y desinhibida, con ternura y suavidad: ¡una dicha!”. “Ese Sánchez Baute es primo de mi cuasi comadre Matoya Saade, en Valledupar”, digo, aún deslumbrado por el brillo de los pechos de Isabel. “¿Y eso qué tiene que ver?”. “Nada, es que la gente del valle de Old Parr es muy querida”, me excuso. “Tanto que Alonso, en la página 51, le da el Premio Nobel a Vladimir Nabokov, puro cariño traidor”, se alegra Isabel. “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”, suspiro y se me expande el alma, a lo Leandro Díaz, dios coronado por todos y por Sánchez Baute. ¡Ay, hombe!

Rabito: “¿Sabes por qué cuando era niño yo era tan parlanchín y preguntón? Para que me vieran, para que supieran que estaba ahí. El silencio era para mí lo que es la oscuridad para los que pueden ver”. Alonso Sánchez Baute. Leandro, Alfaguara, abril de 2019.

@EstebanCarlosM

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2019-05-04T00:00:52-05:00

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2019-05-04T00:15:01-05:00

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