Por: Dolly Montoya Castaño

¿Lecciones aprendidas de las movilizaciones estudiantiles de 2018?

En los últimos meses de 2018 los estudiantes lograron atraer a los demás actores de la comunidad universitaria y a otros sectores de la sociedad, llevando al centro de las preocupaciones de la opinión pública la crisis financiera de la educación superior. A partir de esta situación, los distintos actores sociales iniciaron una amplia reflexión sobre el tipo de educación superior que necesita Colombia: una educación que forme ciudadanos responsables con la sociedad y que le apunte a la naturaleza de la persona, a su ser y su pensar. Con todo, gracias a los diálogos entablados entre los líderes de la movilización y el Gobierno Nacional se logró un acuerdo para solucionar temporalmente la crisis financiera de las universidades estatales.

Como profesora e investigadora considero que debemos elaborar una reflexión más profunda sobre las lecciones, experiencias y aprendizajes que nos dejó esta intensa participación ciudadana en torno a la educación superior.

En principio, hay que decir que en nuestro país la universidad se desarrolla en un ambiente muy complejo y poco armonizado. Nuestras comunidades académicas están dispersas; sin embargo, a pesar de las diferencias, si de alguna manera logramos armonizarnos en torno a propósitos comunes podremos realizar una mejor contribución al país.

Por lo general, los profesores tienen relación directa con los estudiantes en los ambientes formales de clase. Fuera de ella no se dan regularmente espacios en donde los estudiantes, profesores, administrativos y directivos construyan conjuntamente una comunidad académica fuerte y dinámica. Mucho menos logramos ambientes de construcción armónica con los egresados, pensionados o padres de familia. Además, los estudiantes, quienes cada vez ingresan más jóvenes a la universidad (entre 15 y 17 años), llegan en una edad en la que están buscando diferenciarse de su núcleo familiar, es la etapa en la que claman por independencia y fácilmente entran en conflicto con las figuras consideradas de autoridad; incluso con la misma institución educativa. Todo esto ha provocado que en nuestro país tengamos una comunidad universitaria desarticulada con muchos de los problemas que afectan a la universidad.

Pero definitivamente la movilización universitaria nos dio una lección de unidad por un mismo propósito, el de mejorar la educación superior de los colombianos. Los líderes del movimiento lograron convocar a otros actores de la sociedad civil y pusieron en el debate público, en los medios y en las prioridades del Gobierno Nacional los problemas y posibles soluciones de la educación superior del país. Adicionalmente, hay que resaltar la importante labor que realizó cada uno de los estudiantes, profesores y comunidad en general que hicieron parte de la movilización para aislar, diferenciarse de y denunciar todo tipo de violencia, viniera de donde viniera. La violencia lastima a la sociedad en su conjunto, la comunidad universitaria esta comprometida con superarla.

Gracias al diálogo interno en las universidades y con el Gobierno Nacional, estamos seguros de que es la comunicación la vía adecuada para construir en la diferencia y para armonizar nuestra comunidad universitaria, al reconocernos a nosotros mismos y a los demás como agentes del cambio social.

El diálogo de calidad fortalece la comunicación que, a su vez, construye nuestra convivencia. Aprendimos, en esta participación ciudadana, que no es el premio o el castigo el instrumento más adecuado para formar y construir ciudadanía. El premio reconoce al que piensa igual a uno, el castigo pretende cambiar al diferente. De esta forma nuestros estudiantes jamás podrán ejercer una autonomía responsable ante la sociedad.

La Universidad Nacional de Colombia permaneció abierta, deliberante y en parcial actividad académica. Los estudiantes universitarios tienen una responsabilidad con su formación y, a partir de ahí, con sus familias y la sociedad. La actividad y responsabilidad como ciudadanos libres no puede ir en detrimento de su formación profesional; el ejercicio ciudadano y la formación académica no son excluyentes, son por el contrario necesarios complementos para la conformación de una buena comunidad.

Estoy segura de que los diálogos incluyentes de finales de 2018 son un primer brote, muy importante, para que se fortalezca una armónica y dinámica comunidad universitaria en el país. Sin una comunidad universitaria fuerte nuestra educación superior siempre estará en dificultades y a la deriva, porque la universidad en cualquier parte del mundo crece y se fortalece solo en medio de la diferencia, gracias al reconocimiento de la diversidad y a partir de una comunidad universitaria creativa, activa y propositiva.

Hay mucho por hacer en este sentido y mucho más por aprender. Cada miembro de nuestras comunidades universitarias: estudiantes, profesores, administrativos, pensionados y padres de familia debemos reconocernos como parte importante y agentes fundamentales en la consolidación de la educación superior del país.

Como sociedad tenemos una gran oportunidad, la de sembrar las semillas de la educación de calidad que más adelante nos entregará frutos de bienestar y paz. La siembra es libre, la cosecha es obligatoria. Por años, la siembra y su cuidado no han sido suficientemente sólidos para entregarle al país una educación de extendida calidad, una educación gracias a la cual en cada rincón de Colombia se formen ciudadanos, agentes de cambio ético con conciencia social.

Nuestra meta como comunidades universitarias es la calidad, la armonización y la sostenibilidad del sistema de educación superior. Así que debemos preocuparnos porque las universidades sigan activas, abiertas y sembrando un mejor futuro para todos los colombianos.

* Rectora, Universidad Nacional de Colombia.

@DollyMontoyaUN

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